Aspire a ser como Jesús (1/3)
Discipulado

Aspire a ser como Jesús (1/3)

W William Macdonald · 1 de Julio de 2026 · 6 min
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La respuesta a la mayoría de los problemas que enfrentamos es la santidad, es decir, la semejanza a Cristo. Por ejemplo, uno de nuestros dilemas es cómo conocer la voluntad de Dios. Muchos de los versículos que responden a esa pregunta apuntan, ante todo, a nuestro carácter (véase Proverbios 3:5–6; Salmo 25:9). También queremos saber cómo ser eficaces en el evangelismo, y la respuesta vuelve a ser la misma: la santidad (véase Mateo 4:19).

Si deseamos una vida de oración verdaderamente fructífera, el Señor dice: “Si permanecen en mí, y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y les será hecho” (Juan 15:7). Como soldados que combaten por el Señor, necesitamos protección y efectividad. ¿Cómo obtenerlas? La armadura del creyente se describe en Efesios 6:11–18, y no es otra cosa que el carácter cristiano. Lo mismo ocurre en todos los aspectos de la vida cristiana: Dios no nos entrega una atractiva lista de diez principios; más bien, enfatiza nuestra vida personal. Lo demás viene por añadidura.

Siempre deberíamos orar: «Señor, haznos cada vez más como Cristo y cada vez menos como nosotros mismos». Nadie discutiría que debemos parecernos cada vez más al Señor Jesús. No hay meta superior ni ambición más elevada que ser semejantes a Cristo. Uno de los grandes propósitos de Dios para su pueblo es conformarlo a la imagen de su Hijo. Ese es su designio: hacernos como Jesús. Esta verdad recorre todo el Nuevo Testamento y con frecuencia la escuchamos en la predicación.

Sin embargo, queda una pregunta: «¿Cómo?». En términos prácticos, en la vida cotidiana, ¿de qué manera puede Dios producir una semejanza cada vez mayor al Señor Jesús en nosotros? Una cosa es saber lo que debemos buscar y otra, muy distinta, es aprender a implementarlo.

«La imagen de Dios no se ve en la forma de nuestros cuerpos, sino en la belleza de una mente y un corazón renovados. La santidad, el amor, la humildad, la mansedumbre, la bondad, el perdón: todo esto constituye el carácter divino» (Notas Diarias de la Unión Escritural).

Pablo afirma que somos transformados a su imagen mientras lo contemplamos (véase 2 Corintios 3:18). Esto significa que, si estudiamos su vida como Hombre aquí en la tierra y también su vida actual a la diestra de Dios, entonces, con disciplina y determinación, procuraremos seguirlo, andar como él anduvo y dejarnos guiar por su ejemplo.

Hay dos versículos especialmente claros en el Nuevo Testamento en los que el Señor Jesús se presenta como ejemplo para que lo sigamos. El primero es Juan 13:15: “Porque les he dado ejemplo, para que como yo les he hecho, también ustedes lo hagan” (después de lavarles los pies). El segundo es 1 Pedro 2:21: “Porque para este propósito han sido llamados, pues también Cristo sufrió por ustedes, dejándoles ejemplo para que sigan sus pasos”.

Sobra decir que nunca alcanzaremos aquí su perfección ni compartiremos atributos que pertenecen solo a Dios. Pero tampoco debemos usar esto como excusa para conformarnos con el status quo. Al contrario, debemos esforzarnos por alcanzar la meta.

Aunque Cristo es nuestro ejemplo supremo, a menudo aprendemos lecciones valiosas sobre cómo imitarlo cuando lo vemos reflejado en la vida de su pueblo. ¿No es cierto que, a veces, leemos acerca de sus cualidades y nos parecen demasiado lejanas? Pero cuando encontramos a una persona creyente que manifiesta alguna cualidad de Cristo de manera particular, la verdad se vuelve tangible: ya no suena tan teórica o impracticable. Por ejemplo, el discipulado quizá no cobre vida para nosotros hasta verlo encarnado en alguien que obedece con pasión los claros mandamientos de la Escritura.

Esto nos conduce a las preguntas centrales:

Él era un Hombre del Libro. La mente de Cristo estaba llena de la Escritura. Citaba la Palabra como autoridad final, y los versículos que usaba siempre daban en el blanco: eran las palabras precisas para cada ocasión.

Era un Hombre de meditación: el varón bienaventurado del Salmo 1, cuyo deleite está en la ley del Señor, y en ella medita de día y de noche.

Era un adorador. El acto supremo de adoración de nuestro Señor fue su muerte en el Calvario, en obediencia a la voluntad de su Padre.

No se conformó al mundo. ¿Acaso no dijo acerca de sus discípulos: “Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo” (Juan 17:16)? Él no pertenecía en absoluto a este mundo.

No peleó con armas carnales. Cuando fue juzgado ante Pilato, dijo: “Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, entonces mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos. Pero ahora mi reino no es de aquí” (Juan 18:36).

Perfección moral

El Señor Jesús no solo vivió una vida sin pecado; vivió sin siquiera conocer el pecado, y en él no hubo pecado. Fue tentado desde fuera, pero nunca desde dentro. No había en él nada que respondiera al pecado.

Tú te hiciste en todo como un hombre,
semejante en todo pero sin pecado,
para que nosotros pudiéramos ser como Tú,
cosa que nunca habíamos sido. (Joseph Stennett)

Él no podía actuar por sí mismo ni obrar independientemente de Dios Padre. Dos veces, en Juan 5, dijo que no hacía nada por sí mismo (véase Juan 5:19, 30). Con esto no negaba su omnipotencia; afirmaba su absoluta igualdad con el Padre y la perfecta unidad de su voluntad con la del Padre.

En su libro The Sinless Savior [El Salvador sin pecado], J. B. Watson ofreció el siguiente tributo al Señor Jesús:

«Nunca sintió una pizca de arrepentimiento. Nunca fue consciente de alguna falta… nunca expresó arrepentimiento por alguna palabra o hecho, nunca admitió un error, nunca pronunció una confesión, ni permitió que alguien juzgara sus caminos o acciones. Caminó sin apuro cada día, cumpliendo su obra señalada en cada hora, de manera que en su vida nunca hubiera atrasos. Al terminar cada día retenía la misma paz con la cual lo había comenzado».

Otro admirador dijo:

«Fue tan inmaculado como hombre como lo es como Dios; tan puro en medio de las contaminaciones del mundo como en los días en los que era el deleite del Padre antes de que el mundo fuese formado»

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