Aspire a ser como Jesús (3/3)
Discipulado

Aspire a ser como Jesús (3/3)

W William Macdonald · 4 de Julio de 2026 · 10 min
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Obediencia.

De todas las cosas que se han escrito sobre él observamos que se deleitaba en hacer la voluntad de su Padre (véase Salmos 40:8; Hebreos 10:7).

Pasión por las almas.

Por una oveja perdida, el Pastor atravesó aguas profundas, buscó en el desierto, y escaló montañas salvajes hasta encontrar la oveja que estaba perdida (véase Lucas 15:1-7).

Amigo de los pecadores.

Originalmente este título le fue dado como un insulto, pero es admirable (véase Lucas 7:34). El Señor Jesús invirtió tiempo en aquellos que eran menospreciados por otros. Él se inclinó hacia los pobres, los visitó y compartió su comida. Les pidió a los pecadores que lo ayudaran. Todo esto lo hizo en una forma amistosa. A ellos les gustaba estar con él y disfrutaban su compañía.

Contentamiento.

Cuando el Salvador enfrentó una incredulidad mayúscula, se contentó con el plan y el propósito de Dios, diciendo: “Sí, Padre, porque así fue de Tu agrado” (Mateo 11:26).

Paciencia (de nuevo).

El escritor de la Epístola a los Hebreos nos recuerda cómo Jesús padeció una gran hostilidad de pecadores contra sí mismo (véase Hebreos 12:3). Todo lo que Satanás, los demonios o los hombres pudieron hacer contra él no lo detuvo en su senda hacia el Calvario.

Celo.

El celo es una palabra que se encuentra una sola vez ligada a la vida del Señor Jesús, y es cuando expulsó a los cambistas del templo. En aquel momento los discípulos recordaron una de las profecías de David con respecto al Mesías: “El celo por tu casa me consumirá” (Juan 2:17). En otras palabras, él era consumido por una pasión con respecto a las cosas de Dios.

Pero esa no fue la única ocasión. Toda su vida estuvo caracterizada por un fervoroso y ardiente deseo de hacer la voluntad de Dios. Cuando sus padres lo reprendieron por haber quedado atrás en Jerusalén cuando ellos pensaban que debió permanecer a su lado en la ruta hacia Nazaret, Él dijo: “¿Por qué me buscaban? ¿Acaso no sabían que me era necesario estar en la casa de mi Padre?” (Lucas 2:49).

Gratitud.

El versículo que inmediatamente surge en nuestra mente es Mateo 11:25. Él acababa de pronunciar ayes sobre las ciudades de Corazín, Betsaida y Capernaum. Ellos habían rechazado aceptarlo pese al hecho que allí se habían llevado a cabo Sus milagros más prominentes.

Pese a semejante incredulidad, él se vuelve a Dios el Padre con gratitud, diciendo: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a sabios e inteligentes, y las revelaste a los niños”. Esta es una lección para nosotros. Cuando las cosas en nuestra vida no salen como esperábamos o con facilidad, deberíamos elevarnos por encima de las circunstancias y elevar nuestras voces y nuestros corazones en gratitud hacia el Padre.

Fanny Crosby perdió su vista a la edad de 3 años por la mala praxis de un doctor. Años más tarde cuando le preguntaron sobre el incidente, ella dijo:

«Si bien puede haber sido un error por parte del médico, no hubo error alguno por parte de Dios. Ciertamente fue su intención que yo viviera mis días en oscuridad física para poder estar mejor preparada para cantar sus alabanzas y animar a otros a hacerlo. De lo contrario no podría haber escrito miles de himnos».

Un niño de segundo año de primaria comenzó su día cayéndose del bus escolar y golpeándose su cabeza sobre el pavimento. Eso requirió que se le dieran tres puntos para cerrar la herida. Durante el recreo tuvo otro desafortunado incidente ya que se chocó con otro niño. El resultado fue que perdió dos dientes y quedó con su labio partido. Durante la tarde se cayó y se quebró su brazo. El director decidió llevar al niño inmediatamente a su casa antes que algo más le sucediera. Cuando iban por un camino hacia la casa del chico el director percibió que el niño tenía algo en su mano.

«¿Qué tienes?», le preguntó. «Veinticinco centavos», respondió el chico.

«¿Dónde los obtuviste?»

«Los encontré en el patio hoy», le explicó el pequeño niño. Luego sonrió y con gran entusiasmo explicó: «Sabe, Sr. Chapman, nunca había encontrado veinticinco centavos. Este es mi día de suerte».

Mucho depende no de cómo el día nos mire a nosotros sino cómo nosotros miramos al día. Algunas personas no logran ver las rosas detrás de una cerca quebrada. Cada día trae sus problemas, pero la fe los puede convertir en bendiciones. Toda mariposa parece torpe al comienzo pero el correr de un día marca una gran diferencia.

Deberíamos ser agradecidos por la memoria, el apetito, la vista, el oído, la salud, la salud mental, los lujos que Jesús no tuvo en la tierra (un colchón, agua fría y caliente, una heladera, y un auto).

Masculinidad.

Una gran proporción del arte moderno presenta a Jesús como alguien afeminado. Pero él no fue así. Él fue el espécimen perfecto de la humanidad. Todos los hombres serían como él si el pecado no hubiera ingresado.

Era un hombre de oración.

¡Piense en eso! Como Hombre dependiente él oraba. Como el Dios Omnipotente, respondía las oraciones de otros. Él oró al ser bautizado por Juan (véase Lucas 3:21). Él oró la noche antes de elegir a los doce (véase Lucas 6:12). Luego de sanar multitudes también oró (véase Lucas 5:16). Luego de sanar y expulsar demonios en Capernaum oró (véase Marcos 1:35). La tumba de Lázaro fue el escenario de su oración (véase Juan 11:41-42). Encontró tiempo para orar luego de alimentar a los 5.000 (véase Mateo 14:21, 23). Cuando fue confrontado con el rechazo incrédulo de aquellos a quienes vino a salvar, encontró refugio a través de la oración en la soberanía de Dios (véase Mateo 11:25-26). Como Sumo Sacerdote, él oró para que su pueblo fuera preservado del mal, viviera en separación del mundo, estuviera calificado para la misión y fuera llevado al hogar celestial a salvo (véase Juan 17). Él oró por Pedro para que su fe no flaqueara (véase Lucas 22:32). Oró en el huerto de Getsemaní, sometiendo su voluntad a la del Padre (véase Lucas 22:41-44). Y tres de sus últimas palabras en la cruz fueron oraciones (véase Lucas 23:34; Mateo 27:46; Lucas 23:46).

Él no juzgaba por la apariencia sino con un juicio justo.

Él vio más allá de la diminuta ofrenda de la viuda para ver su enorme devoción (véase Lucas 21:1-4). Él distinguía entre el amor arrepentido de una mujer pecadora y la negligencia fría de un fariseo que se auto-justificaba (véase Lucas 7:36-48). Él no quedó tan impresionado por el servicio activo de Marta como por la calmada devoción de María (véase Lucas 10:41-42). Exteriormente los fariseos parecían ser justos pero por dentro estaban llenos de hipocresía e injusticias (véase Mateo 23). Él estaba por encima de la tendencia natural que lleva a pensar que porque una persona o una cosa sea hermosa entonces debe ser buena. Él sabía perfectamente bien que «no todo lo que brilla es oro». A él le importaban más las cualidades internas que la apariencia física.

No podemos evitar pensar en las palabras de Dios a Samuel concernientes a Eliab: “No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero el Señor mira el corazón” (1 Samuel 16:7).

Administró el tiempo efectivamente.

El Maestro no perdió el tiempo. Cada momento era precioso para Él. ¿Acaso no dijo: “Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura; la noche viene, cuando nadie puede trabajar”? Cada día tenía su lista de tareas. Incluso aquellas cosas que parecieron ser interrupciones eran parte de la voluntad del Padre para él.

A Jesús le preocupaban los hombres de baja estima.

Él siempre mostró preocupación por los últimos, los más pequeños, los más bajos. Las distinciones clasistas le eran ajenas. Él tenía un amor especial por aquellos que eran pobres, débiles, despreciados, por aquellos que no eran nadie a la vista del mundo.

Él soportó.

Soportó hostilidades indescriptibles por parte de los pecadores hacia su persona (véase Hebreos 12:3). Sin embargo, nunca tuvo la más mínima intención de volverse atrás. Saber soportar no consiste en aceptar en forma fatalista las circunstancias que nos tocan, sino la firmeza de seguir adelante hasta el final.

Las palabras de Jesús

Nos toca a nosotros aprender de las palabras del Salvador. ¿Qué podemos aprender de Él en esta área? ¿Cómo podemos ser semejantes a Cristo en las palabras que decimos?

Su hablar era transparente y honesto.

No hubo engaño en su boca. Nunca mintió ni negoció la verdad. Ni siquiera una vez fue exagerado. Y nunca respaldó las adulaciones.

Era franco. Una vez le dijo a una mujer: “Porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; en eso has dicho la verdad” (Juan 4:18). En otra oportunidad le dijo a un fariseo: “¿Ves esta mujer? Yo entré a tu casa y no Me diste agua para Mis pies… no me besaste… no ungiste Mi cabeza con aceite” (Lucas 7:44-46).

Él hablaba con gracia.

Cuando habló en la sinagoga de Nazaret, los allí presentes estaban “maravillados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca” (Lucas 4:22).

No se quejaba.

Nuestro Señor sabía que quejarse sería un insulto a la provisión del Padre. Significaría que él no sabe lo que hace. Sería como acusarlo de algún error o de algún juicio fallido. Deberíamos recordar esto siempre que tengamos la tentación de quejarnos.

Es mejor desechar ese pensamiento o tragarnos las palabras, y proclamar: “En cuanto a Dios, su camino es perfecto” (Salmo 18:30). Después de todo, nuestro Señor hace todas las cosas bien.

Su hablar edificaba.

Algunas veces lo hizo a través de declaraciones directas, otras veces al hacer preguntas. Él enseñó lecciones espirituales usando la naturaleza y las cosas cotidianas de la vida.

«Él habló de la hierba, el viento, y la lluvia,
de las higueras y del tiempo calmo,
y fue su deleite unir el cielo y la tierra.
Habló de los lirios, las vides, el trigo,
de los gorriones y los cuervos.
Palabras muy naturales y a la vez muy sabias
quedaron grabadas en el corazón de los hombres:
la levadura en el pan,
del lino y la ropa,
huevo, pescado, lámparas.
Vea cómo maneja el mundo familiar
en una forma tan divina.»
(Autor desconocido)

Su hablar era digno.

Él hablaba de cosas que importaban. No hablaba vanidades, sino sólo lo que era útil para esta vida e importante para la vida venidera. Nunca promulgó chismes.

Su hablar era el adecuado.

Su mente estaba llena de la Escritura y la citaba si era pertinente en la ocasión. Por ejemplo, respondió a las tentaciones satánicas en el desierto con tres porciones adecuadas de Deuteronomio.

Cada respuesta era perfecta.

Sus silencios a veces fueron más elocuentes que su hablar (véase Mateo 26:62-63; 27:12; Marcos 15:4-5; Lucas 23:9).

Conclusión

Un autor anónimo dejó las siguientes palabras de peso:

«Cuánto recogimiento nos provoca pensar que podemos modelar las cualidades de Cristo para aquellos que lo buscan. A través de un estilo de vida ejemplar, el discípulo puede hacer que su Señor sea atractivo para otros. En su Carta a Tito, Pablo le urgió que les enseñara a los esclavos a trabajar para agradar a sus amos: “Para que en todo adornen la doctrina de Dios nuestro Salvador” (Tito 2:10). Las personas no solo deberían escuchar verdades dignas de oír, sino también ver vidas dignas de emular. La palabra que Pablo usa en el versículo, “adornar”, era una palabra usada para ordenar las joyas de tal forma que pudieran exhibir su máxima belleza. Este es nuestro privilegio.»

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