El gozo del Hijo de Dios era hacer la voluntad de su Padre y llevar muchos hijos a la gloria. Con ese gozo en vista, soportó la cruz menospreciando el oprobio. Su gozo no fue perturbado por las pruebas y las tristezas que los hombres amontonaron sobre Él.
La paz caracterizó la vida del Redentor. Independientemente de las adversidades que tuvo que enfrentar, mantuvo la calma y la serenidad. Las amenazas y los insultos de sus criaturas no lo perturbaban.
Jesús fue paciente con sus discípulos, y con aquella generación “incrédula y perversa” (Lucas 9:41). Él es paciente con la humanidad perdida, “no queriendo que nadie perezca” (2 Pedro 3:9). Cualquier otra persona hubiera desistido con el ser humano hace mucho tiempo.
Vemos la benignidad del Señor Jesús en la forma en la cual trató a las personas. Era su gran placer bendecirlos y conceder alivio a quienes lo necesitaran. Su consideración hacia aquellos que conocía lo acercaba a ellos.
Incluso sus enemigos concedieron que nuestro Señor era bueno, que mostraba amabilidad sin parcialidad. Él “anduvo haciendo bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo” (Hechos 10:38). Él pensaba en los demás, no en sí mismo. Nadie jamás podrá igualarlo en cuanto a su benignidad. Él se empobreció para enriquecer a otros.
Él es fiel con respecto a sus promesas, en cumplir sus tareas, en el cuidado inmutable hacia su pueblo. No hay peligro cuando se confía en Él. Él jamás ha decepcionado a alguien.
Esta palabra nos lleva al momento en el cual sus discípulos quisieron alejar a los niños de Jesús. Él dijo: “Dejen a los niños, y no les impidan que vengan a mí, porque de los que son como estos es el reino de los cielos” (Mateo 19:14).
Cristo tuvo compasión de la multitud y envió a los Doce a la cosecha (Mateo 9:36). Él tuvo compasión de la multitud y alimentó 5.000 personas (véase Mateo 14:14). Nuevamente tuvo compasión de la multitud y alimentó a 4.000 (véase Mateo 15:32). Debido a su compasión, dos ciegos recibieron la vista (véase Mateo 20:34), un leproso fue sanado (véase Marcos 1:41). Un endemoniado fue liberado (véase Marcos 5:19), y una viuda recibió nuevamente a su hijo con vida (véase Lucas 7:13). Vemos su compasión como el Buen Pastor (véase Lucas 15:4-7), como el Buen Samaritano (véase Lucas 10:33), y como el padre del hijo pródigo (véase Lucas 15:20). Vemos sus lágrimas de compasión frente a la tumba de Lázaro (véase Juan 11:35) y en el Monte de los Olivos cuando lloró por Jerusalén (véase Mateo 23:37-39). Tenemos un Salvador compasivo.
¡Cuánto necesitamos ese tipo de compasión! Cuánto necesitamos orar:
«Que pueda mirar a la multitud como lo hizo mi Salvador,
hasta que mis ojos se nublen por las lágrimas;
que pueda ver con piedad a las ovejas errantes
y amarlas por amor a Él.» (Anónimo)
Cualquier retrato verdadero del Señor Jesús debe revelarlo como alguien que era manso y humilde de corazón. La palabra “manso” conlleva la idea de quebrantamiento. Es la palabra utilizada para describir un caballo joven que ha aceptado el arnés y pacientemente labra la tierra, con su cabeza que se eleva y desciende, y sus ojos mirando siempre hacia adelante.
Nuestro manso Salvador nos invita a llevar su yugo y aprender a ser como él. Esto significará una aceptación sin quejas de su voluntad. Cuando las circunstancias adversas vengan sobre nosotros, hemos de poder decir: “Sí, Padre, porque así fue de Tu agrado” (Mateo 11:26).
Jesús fue humilde en su nacimiento, un nacimiento que no tomó prestada nada de la gloria de este mundo. Fue humilde durante su vida, sin una pizca de orgullo o arrogancia, sin una fracción de complejo de superioridad. El ejemplo sublime de su humildad fue cuando “se humilló él mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:8).
«Tú, Salvador, fuiste manso y humilde,
¿y acaso un gusano como yo,
débil, pecaminoso e impuro,
podría atreverme a enorgullecerme?» (H. F. Lyte)
Jesús fue el verdadero esclavo israelita que puso su oreja en la puerta y dijo: “Amo a mi señor, a mi mujer y a mis hijos. No saldré libre” (Éxodo 21:5). Toda su vida fue una vida de servicio a Dios y a sus semejantes. ¡Asombroso! El Creador y Sustentador del universo dejó el palacio en el cual era servido por una miríada de ángeles y descendió para servir y para dar su vida en rescate por muchos.
Pablo describe vívidamente su despojo. A pesar de que era igual a Dios, no entendió que esa posición con el Padre en el cielo era algo a lo cual debía aferrarse a cualquier precio. No. Se vació a sí mismo de esa posición celestial y se hizo un siervo. Él pudo decir: “Yo estoy entre ustedes como el que sirve” (Lucas 22:25-27).
«No hubo un sólo acto de egoísmo en la vida de Cristo; Él siempre estuvo al servicio de otros».
Se nos hace un nudo en la garganta cuando lo vemos tomar la toalla de un esclavo e inclinarse para lavar los pies de sus discípulos. Él aun nos dice como dijo aquella noche fatídica en el aposento alto: “Porque les he dado ejemplo, para que como Yo les he hecho, también ustedes lo hagan” (Juan 13:15). Cuando tomamos la posición de siervos reflejamos una marca auténtica de similitud a Cristo.
Teníamos una deuda que no podíamos pagar. En vez de reclamar el pago de nuestra parte, el Señor asumió la deuda y la pagó por completo. ¡Qué maravilloso Salvador!
Sus palabras “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” resuenan a través de los siglos. ¿Qué otra prueba de su espíritu perdonador necesitamos? Aquí tenemos al Dios-Hombre muriendo y sufriendo una tortura inefable, y a la vez orando para que el Padre perdone a sus asesinos.
«Tus enemigos pueden odiar, despreciar, denigrar;
tus amigos demuestran infidelidad.
Sin embargo, lleno de perdón, Tu corazón tan sólo puede amar.»
(Edward Denny)
Pero debemos agregar una palabra de precaución aquí. El hecho que él pidiera perdón por sus asesinos no significa que fueran automáticamente perdonados. Judas no fue perdonado. Sólo aquellos que vinieron a él en arrepentimiento y fe recibieron el beneficio de aquella oración.
El perdón presupone el arrepentimiento. Jesús le dijo a sus discípulos:
“¡Tengan cuidado! Si tu hermano peca, repréndelo; y si se arrepiente, perdónalo. Y si peca contra ti siete veces al día, y vuelve a ti siete veces, diciendo: «Me arrepiento», perdónalo” (Lucas 17:3-4).
Preste atención al hecho que el perdón sigue al arrepentimiento. Existen algunas ofensas menores que hemos sufrido que pueden perdonarse fácilmente. No son lo suficientemente importantes como para hacer de ellas una gran cosa. Pero si hubiera un pecado o una ofensa grave, no es correcto perdonar donde no ha habido arrepentimiento. Esto sólo estimula al culpable en su maldad.
Donde ha habido arrepentimiento, nuestro perdón debe ser ilimitado. A nosotros se nos ha perdonado millones; deberíamos estar dispuestos a perdonar lo que en comparación serían unos pocos centavos. Qué cierto es que «el perdón es el perfume que una flor pisoteada vierte sobre el pie que la ha lastimado».
Me encanta pensar en la imagen de Jesús en su viaje final hacia Jerusalén y hacia la cruz. Lucas nos dice que “iba delante, subiendo hacia Jerusalén” (Lucas 19:28). Él afirmó su rostro para cumplir nuestra redención. Este pasaje parece sugerir que los discípulos iban detrás de él sin demasiada convicción. Ellos tenían dudas con respecto a ir a Jerusalén.
Uno de los elementos de la perfección moral del Señor Jesús es su justicia. Él es escrupulosamente justo y recto. Nunca respalda algo que sea deshonesto, cuestionable o sombrío. Sus decisiones son justas lo mismo que sus acciones.
Nuestro Señor es el hombre menos egoísta que vivió en este mundo. Durante toda su vida demostró su abnegación, es decir que colocó los intereses de otros por encima de los suyos propios. En su humildad estimó a otros como mejores que a él mismo (véase Filipenses 2:3).
El Salvador del mundo siempre fue igual. Su comportamiento personal estaba a la par de su sublime enseñanza. Los cambios bruscos de temperamento eran algo totalmente ajeno a él. Cuando se enojó (véase Mateo 23:33) o lloró (véase Juan 11:35), siempre fue porque la ocasión lo ameritaba y nunca por ser arrastrado por sus propios sentimientos.
Jesús tuvo un propósito general y unificador: buscar y salvar a los perdidos. ¿Acaso no dijo: “Pero de un bautismo tengo que ser bautizado, y ¡cómo me angustio hasta que se cumpla!” (Lucas 12:50)? Por supuesto se estaba refiriendo a su bautismo de muerte en el Gólgota, en el cual moriría por los pecadores del mundo.
Cuando decimos que Jesús tenía estilo, queremos decir que él actuó elegantemente muy por encima de lo que se hubiera esperado de una persona común. Aunque él era omnisciente y podía leer los pensamientos de los hombres, nunca los expuso para avergonzarlos sin necesidad. Para él cada persona era especial y debía tratársela con dignidad.
La cortesía es un primo cercano del encanto. Y el Señor Jesús era cortés. Nunca fue rudo, nunca fue bruto. No hubo situación en la que él se desubicara. Tenía un sentido perfecto de prioridad. Ninguna palabra o acción de parte suya hizo que se sintiera avergonzado. Siempre fue el caballero perfecto. Esta es una característica que todos podemos emular. A las personas les resulta difícil resistir a alguien cortés. Las acciones llenas de gracia, las palabras apropiadas, dichas actitudes ganan seguidores para Aquel a quien representamos.
Sin hogar y pobre, nuestro Señor aparentemente nunca llevó dinero consigo. Ciertamente no hay mención al respecto. Cuando necesitó una moneda para dar una lección espiritual, le ordenó a Pedro que extrajera una de la boca del primer pez que pescara (véase Mateo 17:27). Nunca persona alguna le envidió por sus posesiones. No dejó nada atrás con excepción de las ropas que vestía.