Leer 1 Corintios 10:14-22
De vez en cuando conviene volver a considerar un tema conocido. Este artículo no pretende ser polémico; más bien busca exponer, tan brevemente como sea posible, lo que entendemos que constituye el hilo de pensamiento y la línea argumental de este pasaje acerca de la Mesa del Señor.
El contexto, como siempre, es importante. Para empezar, recordemos que la Primera Epístola a los Corintios aborda las cuestiones prácticas que enfrenta la iglesia en la tierra. Podemos encontrar una analogía en el libro de Números, que presenta al pueblo terrenal de Dios en su camino por el desierto. No identificamos a Israel con la iglesia, como muchos lo hacen. Ambos son enteramente distintos entre sí. Sin embargo, algunas de las experiencias de Israel proporcionan ilustraciones e instrucción para la iglesia en la actualidad.
El capítulo 10 es un ejemplo de ello: los primeros trece versículos toman varios episodios de la historia nacional de Israel y extraen de ellos enseñanzas para nosotros hoy. El mensaje fundamental, reiterado mediante estos ejemplos, es este: «El disfrute de privilegios externos no garantiza la aprobación de Dios». Para comprobarlo, observemos los casos de la siguiente tabla:
| Privilegio externo | Pero sin aprobación | Razón |
|---|---|---|
| “bajo la nube” (v. 1) “pasaron por el mar” (v. 1) “En Moisés todos fueron bautizados” (v. 2) “comieron el mismo alimento espiritual” (v. 3) “bebieron la misma bebida espiritual” (v. 4) | “Sin embargo, Dios no se agradó de la mayor parte de ellos, y por eso quedaron tendidos en el desierto” (v. 5) | codicia (v. 6) idolatría (v. 7) fornicación (v. 8) tentaron a Dios (v. 9) murmuraron (v. 10) |
La lista de privilegios es impresionante (columna 1), pero no llevaba consigo la aprobación de Dios: él “no se agradó” de la mayor parte del pueblo. La razón (columna 3) era que, aunque eran “participantes” —volveremos más adelante sobre esta palabra— de privilegios externos, su estado moral no agradaba a Dios y actuaban de maneras que Él no podía aprobar.
Todo esto tiene relevancia para nosotros en la actualidad: el versículo 11 declara que estas cosas les sucedieron como figuras para nosotros y para nuestra amonestación (véase también el versículo 6). Sobre este trasfondo, los versículos 12 y 13 resultan consoladores: aunque el fracaso es una posibilidad, la derrota no es una necesidad. Esta introducción (versículos 1-13) prepara el camino para la enseñanza del apóstol acerca de la Mesa del Señor (versículos 14-22). Esta conexión queda subrayada por la expresión «por tanto» del versículo 14.
La declaración inicial —”Por tanto, amados míos, huyan de la idolatría”— parece una introducción severa al tema de la Mesa. Pero, como ocurre tantas veces en esta epístola, un grave problema da ocasión para presentar una enseñanza positiva. Los corintios se habían considerado libres para asociarse con la idolatría, y el apóstol emplea la verdad de la Mesa para mostrar cuán equivocado era esto. Examinemos este argumento en detalle y procuremos, con la ayuda del Señor, comprender el hilo de pensamiento: la relación entre la idolatría, por una parte, y el altar, la Mesa y los emblemas, por otra.
Un primer punto que debemos observar es que Pablo habla de cuatro actividades externas: bendecir la copa, partir el pan, comer de los sacrificios judíos y sacrificar a los ídolos. A continuación muestra que, en cada caso, esa actividad externa expresa e implica comunión con una realidad más profunda: comunión con la sangre de Cristo (versículo 16), con el cuerpo de Cristo (versículo 16), con el altar de Israel (versículo 18), con la Mesa del Señor (versículo 21) y con la mesa de los demonios (versículo 21), respectivamente. Esto se resume en la siguiente tabla:
| Actividad externa | Comunión que implica |
|---|---|
| Bendecir la copa | la sangre de Cristo |
| Partir el pan | el cuerpo de Cristo |
| Comer de los sacrificios (judíos) | el altar de Israel |
| Sacrificar a los ídolos | los demonios |
De esta manera, el apóstol muestra que la asociación externa con ceremonias idolátricas paganas implica comunión con los demonios, una conclusión que, sin duda, sorprendió a los corintios. Ellos habrían razonado más o menos así: «No estamos involucrados en idolatría, porque solamente visitamos el recinto del templo para comer algo de carne; estamos convencidos de que los ídolos no son nada y no creemos en ellos». Pablo se anticipa a esta objeción declarando que sabía muy bien que un ídolo no era nada (v. 20); él mismo ya les había enseñado esto anteriormente (1 Corintios 8:4). Sin embargo, los incrédulos creían en los ídolos, de modo que lo que hacían era idolatría. Si los creyentes corintios se involucraban externamente en aquello, serían culpables de comunión interna con el principio que estaba detrás: la adoración de los demonios.
El punto central de la enseñanza del apóstol es que los corintios deberían haber comprendido el principio de que la asociación externa implica comunión interna, porque este principio ya se aplicaba durante el período de la ley (versículo 18). El apóstol refuerza este argumento empleando dos palabras griegas diferentes para «comunión»: una, metechō, que significa asociación externa y normalmente se traduce «participar»; y la otra, koinōnía, que expresa una comunión íntima e interior y normalmente se traduce «comunión». En cada uno de los cuatro casos mencionados en la tabla anterior, el apóstol emplea la palabra koinōnía, mostrando así que la actividad externa implica una estrecha comunión interna (vv. 16, 18 y 20). [1]
Como conclusión, el apóstol declara que las dos comuniones implicadas son incompatibles. “Ustedes no pueden beber la copa del Señor y la copa de los demonios; no pueden participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios” (versículo 21). Aquí emplea la palabra más débil, metechō, porque incluso la asociación externa está prohibida, puesto que implicaría comunión interna (koinōnía) con dos principios opuestos.
Podrían hacerse, y se han hecho, muchos otros comentarios sobre este pasaje. Por razones de brevedad, nos limitaremos a dos preguntas que surgen:
En cuanto a la primera pregunta, la respuesta es: «ambas cosas». Claramente, el texto habla de los emblemas (versículos 16, 17 y 21). Por tanto, la Mesa del Señor no puede separarse de ellos; pero la enseñanza no se ocupa de la forma o manera en que participamos —esto se trata en el capítulo 11—, sino de la verdad expresada [2] mediante esta acción, a saber:
En otras palabras: expresamos comunión con Cristo y con quienes son miembros de su cuerpo.
Por tanto, debido a la verdad que está implícita —y que expresamos— cuando participamos de los emblemas (durante la Cena, por supuesto), existen consecuencias para todo lo que hacemos durante el resto de la semana. En el contexto inmediato de Corinto que dio ocasión a estas instrucciones, esto significaba: «Si participan de los emblemas el día del Señor, no pueden asociarse con la idolatría durante el resto de la semana». El mismo principio se aplica hoy: «Si participamos de los emblemas el día del Señor, no podemos asociarnos durante el resto de la semana con aquello que deshonra a Cristo».
Para evitar cualquier duda —como dicen los abogados—, nada de lo anterior implica en modo alguno que la Mesa del Señor sea la mesa física sobre la cual se colocan los emblemas. En las Escrituras, una mesa representa comunión, y la comunión que expresamos al participar de los emblemas excluye la participación en cualquier comunión que deshonre al Señor.
La segunda pregunta es pertinente —y difícil— para todo creyente en la actualidad. Dada la fragmentación existente en la profesión cristiana, ¿adónde debería ir? La respuesta no se encuentra en una «denominación» ni en la dirección de un grupo determinado de cristianos. Pero, si la persona busca un lugar donde participar de los emblemas de una manera consecuente con la Mesa del Señor, debería procurar las siguientes características:
Que el Señor nos ayude a ser más conscientes de lo que expresamos cuando participamos de los emblemas, y a honrarlo viviendo de una manera consecuente con la comunión de su Mesa.
[1] La traducción Reina Valera 1960 emplea la palabra «comunión» para traducir koinōnía en los dos primeros casos, mientras que La Biblia de las Américas utiliza siempre participar, la Nueva Versión Internacional, en cambio, hace la distinción, traduciendo comunión cada vez que corresponde a koinonia y participar cuando corresponde a metecho.
[2] El capítulo siguiente habla de otros dos aspectos del partimiento del pan: es un memorial (1 Corintios 11:25), y quienes parten el pan anuncian la muerte del Señor —a la creación inteligente— (1 Corintios 11:26).