El filósofo griego Aristóteles, escribiendo alrededor del año 350 a. C., afirmaba que existían cinco formas básicas de ganarse la vida: la agricultura, la caza, la pesca, el robo y el pastoreo. Al referirse a los pastores, escribió: «Los más perezosos son los pastores, pues llevan una vida ociosa y obtienen su sustento sin esfuerzo de animales domesticados; como sus rebaños vagan de un lugar a otro en busca de pastos, ellos se ven obligados a seguirlos, cultivando una especie de granja viviente».¹
Aristóteles no fue el único que menospreció a los pastores. La cultura egipcia ya los consideraba una “abominación” en tiempos de José, muchos siglos antes de Aristóteles (Génesis 46:34).
Dios, sin embargo, siempre ha amado a los pastores. Abel, el segundo hijo de Adán y Eva, fue pastor; y el apóstol Pedro, al escribir algunas de las últimas palabras del Nuevo Testamento, se dirigió a los dirigentes cristianos como pastores del rebaño de Dios (1 Pedro 5:2-4). La obra pastoral no es simplemente interesante; es indispensable.²
Como en todo lo que es bueno, el Señor Jesús es nuestro gran ejemplo; y él mismo es pastor. Dijo de sí mismo: “Yo soy el buen Pastor” (Juan 10:11), un hermoso versículo que, sin duda, ha sido memorizado por niños y adultos de todas las generaciones desde que fue escrito.
En el Evangelio según Mateo se nos presenta tres veces como pastor, y cada una de esas referencias nos enseña preciosas lecciones acerca de su carácter.
El primer pasaje está en Mateo 9:36:
“Y viendo las multitudes, tuvo compasión de ellas, porque estaban angustiadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor.”
Quizá este sea el rasgo más importante del verdadero pastor. La obra pastoral no comienza con las manos, sino con el corazón.
En primer lugar, observamos que el Señor vio a las multitudes. A pesar de su gloria personal y de la excelencia incomparable de su Persona, no fijó su atención en sí mismo, sino en quienes lo rodeaban.
En segundo lugar, leemos que tuvo compasión de ellas. A veces se habla de que el Señor «actuó con compasión», como si el término describiera una acción. Sin embargo, el verbo expresa, ante todo, un sentimiento. El texto dice que él fue movido a compasión. La compasión llenaba su corazón y era el motivo de todo cuanto hacía. Lo que veía producía una profunda impresión en sus afectos.
Luego aprendemos por qué sintió esa compasión: él discernió que aquellas personas estaban angustiadas y abatidas. El cansancio es consecuencia de la falta de descanso; la dispersión revela la falta de dirección. Ambas cosas preocupan a un verdadero pastor.
Es especialmente conmovedor comprender que aquellas multitudes ocupaban físicamente el mismo lugar y, sin embargo, estaban dispersas. No tenían un verdadero guía, carecían de un propósito claro y sentían que nadie se preocupaba por sus almas. Aunque formaban una inmensa multitud, en sus corazones seguían aisladas. Es una experiencia muy dolorosa estar rodeado de personas y, aun así, sentirse completamente solo. Pero el Señor Jesús discernió aquella necesidad y fue profundamente conmovido por ella.
Después de considerar estas palabras de Mateo 9, pasamos a Mateo 25. Allí se nos dice que un día el Señor hará separación entre las naciones “como el pastor separa las ovejas de los cabritos” (v. 32).
Todo el pasaje (Mateo 25:31-46) contiene una importante enseñanza profética. Aprendemos que, cuando Cristo venga en su gloria, todas las naciones serán reunidas delante de él, inmediatamente antes del establecimiento de su reino milenial. En su carácter de Hijo del Hombre, el Señor tendrá en cuenta a quienes mostraron bondad hacia “estos hermanos míos, aun a los más pequeños”, es decir, el remanente judío perseguido que habrá atravesado la “gran tribulación” (Mateo 24:21). En Mateo 25, quienes los ayudaron son representados por las ovejas; quienes no lo hicieron, por los cabritos.
Este pasaje contiene además una hermosa aplicación para el tema del cuidado pastoral. En aquellos días era habitual que ovejas y cabras pastaran juntas. Sin embargo, el Señor Jesús, el divino Pastor, nunca se equivoca respecto de quiénes pertenecen a su rebaño. Él sabe perfectamente quiénes son las ovejas y quiénes son las cabras. Ambas especies presentan ciertas semejanzas superficiales, pero son muy diferentes en su naturaleza y carácter.
Podemos tener la absoluta certeza de que el Señor jamás cometerá un error en el trato con su rebaño. Nunca juzgará a una oveja como si fuera una cabra, ni tratará a una cabra como si fuera una oveja. Como dice Juan 10, el verdadero Pastor “llama a sus ovejas por nombre” (v. 3). Aunque Mateo 25 no trata principalmente del cuidado pastoral del Señor hacia los creyentes de esta dispensación, sí podemos estar completamente seguros de que él tiene un interés personal por cada una de sus ovejas.
La tercera referencia al Pastor en el Evangelio según Mateo la encontramos en el capítulo 26, cuando el Señor dijo a sus discípulos: “Esta noche todos ustedes se apartarán por causa de mí, pues escrito está: «Heriré al Pastor, y las ovejas del rebaño se dispersarán».” (v. 31).
Estas palabras se refieren a su arresto, su juicio y su crucifixión, acontecimientos que tendrían lugar durante las siguientes veinticuatro horas. ¡Qué momento tan doloroso sería para los discípulos!
Pero surge una pregunta: ¿quién sería aquel que heriría al Pastor? La respuesta se encuentra al leer la profecía completa de Zacarías 13:7: “Despierta, espada, contra mi Pastor, y contra el hombre compañero mío», declara el SEÑOR de los ejércitos. Hiere al Pastor y se dispersarán las ovejas”. Es Dios mismo quien llama a la espada para que hiera al Pastor. El Señor Jesús, el Pastor perfecto, lleno de compasión y discernimiento, sería herido bajo el juicio divino.
En relación con esto, nos conmueven las palabras del poeta y escritor de himnos Thomas Kelly (1769-1855):
Cantaremos del tierno Pastor,
por el bien de su grey él murió;
hasta el fin demostró su amor;
firme y fiel en la cruz se mostró.El Pastor quiso su vida dar
impulsado por gran compasión;
voluntario subió hasta el altar
y en nuestro lugar él murió.Nuestro canto por siempre será
del Pastor que así se entregó:
es su gloria y valor personal
nuestro tema de excelso loor.Cantaremos de él y su amor,
nuestras lenguas lo exaltarán,
hasta que en su gloriosa mansión
alabanza perfecta tendrá.
Recordemos nuevamente las palabras de Juan 10:11, donde el Señor Jesús dijo: “Yo soy el buen Pastor”. Y añadió: “El buen Pastor da su vida por las ovejas”. ¡Él sufrió por ellas! Durante un breve tiempo, sus ovejas quedaron verdaderamente dispersas por el temor y la tristeza. Pero, después de haberse entregado como el buen Pastor, comenzó a reunir nuevamente a aquellas ovejas dispersas. Ese había sido siempre su propósito. En Juan 11:52 se nos dice que su muerte tenía también como objetivo “reunir en uno a los hijos de Dios que están esparcidos” (Juan 11:52).
En este aspecto de su ministerio, Cristo busca a las ovejas descarriadas y las hace volver a él, porque es “el Pastor y Guardián de sus almas” (1 Pedro 2:25). Comenzó esta obra desde el mismo día de su resurrección. María Magdalena permanecía sola junto al sepulcro, llorando; pero el Pastor no la dejó entregada a su dolor. La llamó por su nombre, y sus lágrimas se transformaron en gozo.
Pedro había negado incluso conocer al Señor; pero el Pastor lo buscó para restaurarlo en un encuentro privado. Dos discípulos abandonaban Jerusalén llenos de tristeza, camino a Emaús; pero el Pastor se acercó a ellos, les abrió las Escrituras y encendió nuevamente sus corazones, de modo que regresaron inmediatamente a Jerusalén para contarlo a los demás. Finalmente, mientras aquellos discípulos dispersos estaban reunidos conversando en el aposento alto, Jesús mismo se presentó en medio de ellos. El Pastor y Guardián de sus almas seguía ejerciendo su cuidado sobre ellos.
Cristo continúa realizando esta misma obra en la actualidad. Sigue ejerciendo la misma compasión divina y el mismo perfecto discernimiento. Precisamente la epístola que lo presenta como nuestro Pastor y Guardián es la que también exhorta a los creyentes a actuar con ese mismo espíritu. En 1 Pedro 5:1-2 leemos: “Por tanto, a los ancianos entre ustedes, exhorto yo, anciano como ellos… pastoreen el rebaño de Dios entre ustedes, velando por él, no por obligación, sino voluntariamente, como quiere Dios; no por la avaricia del dinero, sino con sincero deseo”.
Las características que hemos considerado en el ministerio del Señor Jesús deben hallarse también en todo aquel que ejerce el cuidado pastoral. Ante todo, es indispensable que exista una sincera compasión por el rebaño de Dios, especialmente por las ovejas cansadas y dispersas. Asimismo, el pastor debe ser capaz de discernir las verdaderas necesidades de los creyentes y conocer a quiénes está sirviendo. Además, esta labor debe entenderse como un servicio de sacrificio. El Señor Jesús es el único Pastor que fue herido por la espada del juicio de Jehová; sin embargo, así como su ministerio requirió sacrificio por amor a las ovejas, también el cuidado pastoral entre el pueblo de Dios exige un espíritu de entrega, abnegación y disposición a sacrificarse por el bien de los demás.
En la actualidad, el término pastor suele emplearse para designar al dirigente principal de una congregación local. En muchos casos se considera que esa persona es el principal —o incluso el único— líder, maestro, consejero y guía espiritual en esa congregación. Sin embargo, el modelo bíblico presenta una perspectiva diferente: el rol de pastor no es simplemente una categoría de servicio o una responsabilidad local, sino un don espiritual concedido por Cristo a toda la Iglesia de Dios (véase Efesios 4:11-12). Quienes reciben este don son capacitados especialmente para alimentar, cuidar y velar por las ovejas de Dios dondequiera que se encuentren.
Es cierto que este servicio puede ejercerse públicamente delante de muchos oyentes a la vez. El cuidado pastoral siempre consiste en aplicar la Palabra de Dios al corazón de los creyentes, y esto puede realizarse también de manera colectiva. Por eso, la Escritura relaciona frecuentemente el trabajo pastoral con la función de los ancianos u obispos: hombres espiritualmente maduros, reconocidos entre el pueblo de Dios y aptos para enseñar las Escrituras (véase Hechos 20:17, 28; 1 Timoteo 3:2).³
No obstante, la mayor parte del trabajo pastoral se desarrolla silenciosamente, detrás de escena, tratando con personas individuales más que con grandes grupos. Cuando el Señor se manifestó a María junto al sepulcro, ¿había alguien más presente? Cuando restauró a Pedro, ¿escuchó alguien aquella conversación? Cuando caminó hacia Emaús con dos discípulos entristecidos, ¿hubo otros que oyeran cómo les abría las Escrituras? En todos los casos la respuesta es la misma: no. Del mismo modo, el verdadero trabajo pastoral suele ser profundamente personal y reservado.
Además, ya hemos visto que este cuidado es especialmente necesario para creyentes cansados, afligidos o heridos. Quien se encuentre en semejante condición necesitará abundante apoyo, paciencia y dirección espiritual. Por ello, el trabajo pastoral puede llegar a ser particularmente exigente.
A esto se añade otra dificultad. Con frecuencia, las ovejas fatigadas no están en condiciones de expresar palabras de ánimo hacia quien las cuida. Por consiguiente, los pastores —como todos los siervos del Señor— no deben buscar su fortaleza ni su identidad en el servicio que realizan, sino en Cristo, su perfecto Modelo.
Como ya se mencionó, el don pastoral tiene como finalidad edificar el cuerpo de Cristo, es decir, toda la Iglesia. Los dones espirituales acompañan al creyente dondequiera que vaya. En cambio, las funciones de anciano y de supervisor corresponden a una responsabilidad local, como vemos al hablarse de los ancianos de Éfeso o de los obispos de Filipos (véase Hechos 20:17; Filipenses 1:1).
Por el contrario, quien ha recibido de Cristo el don de pastor seguirá siendo pastor no solo en su iglesia local, sino también entre creyentes cansados y dispersos dondequiera que el Señor lo conduzca.
En resumen, vemos que los pastores de Dios son preparados mediante un don y un llamamiento divinos. Ejercen su ministerio en un campo de servicio amplio. Deben estar dispuestos a trabajar silenciosamente, sin llamar la atención sobre sí mismos, y han de ser personas firmes en su propia vida espiritual, pues con frecuencia tendrán que sostener a creyentes cansados y cargados.
Sin duda, una persona que sirve como único pastor de una congregación puede poseer realmente el don pastoral, aunque el modelo bíblico no presenta a un solo dirigente al frente de la iglesia local.
Por otra parte, en muchas iglesias o asambleas que procuran depender de la dirección del Espíritu Santo mediante una pluralidad de dones y de hermanos que ejercen el liderazgo, a veces se oye decir: «Nosotros no tenemos pastor». Generalmente, con ello se quiere expresar: «No tenemos una sola persona que dirija toda la reunión y todas las actividades». ¡Que Dios nos guarde de no tener pastores! Como hemos visto, el cuidado pastoral es absolutamente indispensable.
El cuidado del rebaño siempre ha sido el camino de Dios para con su pueblo. Abel, Raquel, Moisés, David, Pedro y muchos otros podrían citarse como pastores en las Escrituras, sin mencionar el ministerio perfecto del propio Señor.
Que Cristo conceda hoy a su pueblo pastores piadosos que procuren reunir a los creyentes cansados y dispersos, ayudándolos a volver al Pastor y Guardián de sus almas.
¹ Aristóteles, Política, Libro I, capítulo 8.
² A menudo se afirma que todas las culturas, incluida la judía, despreciaban a los pastores como marginados sociales. Para un análisis interesante de esta afirmación, véase el artículo «Christmas Urban Legends: Shepherds as Outcasts», de David Croteau.
³ El tema del liderazgo en la iglesia local es mucho más amplio de lo que puede tratarse aquí. Baste señalar que los ancianos maduros (siempre mencionados en plural) ejercían normalmente la supervisión (también traducida como «obispos») y, con frecuencia, poseían además el don pastoral. Así, por ejemplo, Hechos 20:28 se dirige a los ancianos, exhortándolos a supervisar y pastorear el rebaño. Del mismo modo, 1 Pedro 5:1-2 habla a los ancianos en esos mismos términos. Aunque algunos ancianos fueron establecidos mediante autoridad apostólica (Hechos 14:23; Tito 1:5), el punto fundamental es que el Espíritu Santo los constituyó supervisores (Hechos 20:28), y el mismo Espíritu continúa obrando de esa manera en la actualidad.