Sosteniendo la verdad de un solo cuerpo y guardando la unidad del Espíritu
Iglesia

Sosteniendo la verdad de un solo cuerpo y guardando la unidad del Espíritu

H H. H. Snell · 11 de Agosto de 2026 · 8 min
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Todo hijo de Dios, en quien habita el Espíritu Santo, es miembro del “un solo cuerpo”, formado por “un solo Espíritu” (Efesios 4:4). Este cuerpo no puede quebrantarse ni dividirse, pues fue constituido por el poder divino. Sin embargo, en la práctica, la manifestación del “un solo cuerpo” y del *“un solo Espíritu”*ha fracasado por completo; de ahí la confusión actual en la cristiandad.

Se nos exhorta a expresar, de manera práctica, nuestra condición de miembros del “un solo cuerpo”, y la actividad del *“un solo Espíritu”*nos conduce a ello. Sin embargo, nunca se nos manda guardar la unidad del cuerpo, sino “la unidad del Espíritu” (Efesios 4:3). El Espíritu Santo es el poder para todo lo que es conforme a Dios y, por medio de la Palabra, ordena tanto nuestro andar personal como nuestra acción colectiva en el terreno de la iglesia.

Cuando el Señor habla a sus iglesias, él nos desafía a oír “lo que el Espíritu dice a las iglesias” (Apocalipsis 2–3). Y puesto que hay un solo Espíritu, y él mora en la iglesia en la tierra, el Señor exhorta a cada creyente a oír lo que el Espíritu dice a cada iglesia. Así, el Señor llama a cada miembro del “un solo cuerpo” a prestar atención a lo que él dice acerca de cada iglesia.

Si cada miembro del “un solo cuerpo” oyera lo que el Espíritu dice a las iglesias y actuara en consecuencia, entonces se guardaría la unidad del Espíritu. Pero no todos escuchan, y quizá tampoco quieran escuchar. ¿No es evidente, entonces, que quienes sí oyen deben actuar con fidelidad al Señor y, aunque con profundo dolor, separarse de quienes no atienden a lo que el Espíritu dice? Pues se nos manda —cueste lo que cueste— guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. ¿De qué otra manera podría guardarse plenamente?

Antes de considerar lo que es la unidad del Espíritu, puede ser útil considerar primero lo que no es:

  1. Guardar la unidad del Espíritu no es simplemente una unión congregacional. Puede existir una gran unidad de pensamiento y de juicio entre los cristianos de una congregación determinada y, sin embargo, no ser más que independencia.
  2. No es una unión sectaria, ni consiste en actuar juntos sobre un principio sectario, aunque todos los santos del mundo estuvieran sobre ese terreno.
  3. No es una unión de sectas, por numerosas que sean, reunidas y actuando como sectas.
  4. No siempre se demuestra por la unanimidad, por más deseable que esta sea. Tampoco depende de la mayoría, de la minoría o de la unanimidad, sino de cuál es el pensamiento del Señor. ¿Cuál es el camino señalado por el “un solo Espíritu”?
  5. No es meramente unión, ni siquiera de la mejor clase; pues, al fin y al cabo, ¿acaso no están todos los santos —aunque se equivoquen— unidos para siempre entre sí y con el Señor por un vínculo vivo?
  6. No es nada menos que la unidad, una unidad que solo pueden guardar quienes son miembros del “un solo cuerpo”, del cual Cristo en el cielo es la Cabeza.

En cuanto a la unidad del Espíritu:

  1. Solo los santos pueden guardarla. A ellos se les exhorta a andar de manera digna del llamamiento con que fueron llamados y a procurar diligentemente guardarla (véase Efesios 4:1, 3).
  2. Esta unidad debe guardarse, no producirse. Quienes intentan «hacerla» muestran, con ello, que no están guardando la unidad del Espíritu, la cual ya ha sido hecha.
  3. No es simplemente unión, sino unidad: “un nuevo hombre” (Efesios 2:15), formado por miembros en la tierra unidos a Cristo —la Cabeza— en el cielo. Por eso Jesús, el Hombre glorificado, pudo decir a quien perseguía a Sus miembros en la tierra: “¿Por qué me persigues?” (Hechos 9:4). Obsérvese sus palabras: no dice «los persigues», sino “me persigues”. Además, el Espíritu Santo habla de tales creyentes como “miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos” (Efesios 5:30 RV60). Esta unidad ha sido formada y vivificada, y todos sus miembros son enseñados, guiados y movidos por “un solo Espíritu”. El «un solo pan» en la mesa del Señor muestra que es el pensamiento del Señor que esta unidad se exprese “hasta que él venga” (1 Corintios 10:17; 11:26). ¡Qué bendición es conocer esto!
  4. Es de una naturaleza tan espiritual que solo puede guardarse “con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándose unos a otros en amor” (Efesios 4:2). No hay lugar para armas carnales. Cuando esta unidad se guarda de verdad, se manifiesta en el vínculo unificador de la paz. ¡Qué precioso vínculo! Por tanto, quienes andan con orgullo y voluntad propia no pueden estar guardando esta unidad.
  5. Es una unidad santa, porque el Espíritu es *“santo”.*Por eso, nada que sea impropio para Aquel que es el Santo y el Verdadero (véase Apocalipsis 3:7) puede ser compatible con guardar la unidad del Espíritu. La separación del mal es, por tanto, indispensable: “Que se aparte de la iniquidad todo aquel que menciona el nombre del Señor” (2 Timoteo 2:19).
  6. Es conforme a la verdad, porque “el Espíritu es la verdad” (1 Juan 5:6) y él guía a toda la verdad (Juan 16:13). Por consiguiente, guardar la unidad del Espíritu excluye todo lo que sea contrario a la verdad.
  7. Es una unidad que abarca a todo miembro del «un solo cuerpo». En la práctica, reconoce a cada santo en Cristo Jesús y se asocia con quienes procuran guardarla. Por eso no puede ser sectaria, aunque a veces pudiera parecerlo. Ama a todos los santos, ora por todos los santos y andaría con todos ellos, si pudiera hacerlo conforme a la verdad.
  8. Es la unidad del Espíritu, porque el camino y el poder para guardarla proceden de un solo Espíritu en todo el mundo, dondequiera que haya creyentes. Por eso se nos dice: “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias” (véase Apocalipsis 2 y 3). Al guardar esta santa unidad, se reconoce y se admite, en la práctica, la acción del “un solo Espíritu” allí donde dos o tres están congregados al nombre del Señor Jesucristo; y, de este modo, se reconoce su presencia en medio y la venida del Espíritu Santo. Y cuando un caso ha sido juzgado de esta manera, no debe juzgarse de nuevo en otro lugar; más bien, el juicio de quienes así lo juzgaron se acepta como reconocimiento del “un solo Espíritu”.
  9. El camino de esforzarse por“preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz”** debe ir, por tanto, acompañado de una separación práctica de quienes actúan contra la verdad, la santidad y los principios de la unidad del Espíritu. Podemos cruzar la calle para saludar a alguien que consideramos miembro del «un solo cuerpo» y, hasta ese punto, estar procurando guardar la unidad del Espíritu; pero sus caminos sectarios pueden impedirnos acompañarlo más allá.
  10. Finalmente, el camino del Espíritu debe tener siempre en vista el honor y la gloria del Hijo, porque Jesús dijo: “Él me glorificará” (Juan 16:14).

La comunión con el Señor, por medio de su verdad, nos guiará en estas cosas y en toda otra acción para la gloria de Dios. Quienes guardan con entendimiento la unidad del Espíritu reconocen que el mismo Espíritu Santo —como Persona divina— mora en cada hijo de Dios en todo el mundo; que todos tienen acceso al Padre por medio del Señor Jesús en un solo Espíritu; y que Dios habita por el Espíritu en la tierra, allí donde se confiesa el nombre del Señor: su casa (Efesios 2:18–22).

También, reconocen con gozo a todos los verdaderos creyentes sobre la tierra, unidos por un solo Espíritu a Cristo en el cielo, como miembros de “un solo cuerpo” y del “nuevo hombre”. Y, al hacerlo, “esperan de los cielos a su Hijo”, la “una misma esperanza” de nuestra vocación (1 Tesalonicenses 1:10; Efesios 4:4).

Por tanto, es imposible reconocer dos o más compañías de santos en un mismo lugar que no estén en comunión unas con otras conforme a la verdad, porque hay “un solo cuerpo”. Del mismo modo, no puede admitirse que se trate un mismo asunto de disciplina de maneras diferentes, porque hay “un solo Espíritu”; ni sostener esperanzas distintas, porque hay “una misma esperanza”. Para recibir, retener y poner en práctica estas cosas, se requieren un espíritu humilde y una espera mansa en el Señor: “Él dirige a los humildes en la justicia, y enseña a los humildes su camino” (Salmo 25:9).

Adaptado para la revista Truth & Testimony, 2025

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