Mis amados hermanos:
Nunca he sentido tanta desconfianza de mí mismo como ahora al escribir esto; y deseo hablar a mi propia conciencia tanto como a la de ustedes. No escribiría en absoluto, si no fuera tomando el lugar más bajo, que siempre es el mejor y que, en este momento, de manera especial, es la única posición verdadera y correcta. Quien ocupa el lugar más bajo y se humilla será el más bendecido.
Permítanme decir unas palabras acerca de Boquim. Si se lo entiende simplemente como una expresión de humillación o de dolor cuando los santos han fallado y, voluntariamente, por gracia, toman su lugar para reconocerlo delante de Dios, me uno de todo corazón a ello. Pero, si se lo considera según lo que realmente significa en la Escritura, en Boquim no hubo nada semejante.
El Señor declaró, en juicio, que ya no expulsaría a sus enemigos; y ellos lloraron al oír la sentencia. No hubo dolor por el pecado ni por el fracaso, sino por el juicio; y adoraron en el mismo lugar donde lloraron.
Gilgal —es decir, la circuncisión, la eliminación del oprobio de Egipto y la presencia del Señor allí por medio de su Ángel— se perdió para siempre. No hubo confesión ni humillación voluntaria. Todo esto es un error.
No habían quitado fielmente el mal que había entre ellos; y el SEÑOR, aunque intervenía de tiempo en tiempo compadeciéndose de ellos, los dejó, en juicio, en aquel estado. Me refiero a esto porque «Boquim» ha llegado a convertirse en una especie de consigna para muchos.
Pero Dios ha obrado a nuestro favor una gran liberación, mucho mayor de lo que la mayoría de quienes han sido preservados comprende; algunos la han experimentado. Y lo que deseo ahora es que nuestras conciencias se vuelvan a Dios y consideren en qué habíamos fallado, de modo que atrajimos sobre nosotros este dolor.
No volveré atrás para acusar a nadie ni para referirme a ninguna circunstancia reciente; más bien, allí donde la conciencia esté despierta, quiero considerar cómo llegamos nosotros mismos a la situación angustiosa en la que nos encontrábamos.
Dudé por un momento si debía decir algo antes de que Dios pusiera en orden los detalles que aún quedan pendientes —como estoy seguro de que su gracia lo hará—; pero esos detalles no afectan mi propósito.
¿No es verdad, para toda conciencia reflexiva, que el espíritu del mundo nos había invadido? No asistimos a fiestas; y, cuando nos reunimos, lo hacemos para leer las Escrituras y edificarnos unos a otros. Supongo que, ante algún mal grave y manifiesto, se ejercería la disciplina con cierta medida de fidelidad. No deseo exagerar al describir el mal: no dudo de que muchos andaban cristianamente; incluso me atrevería a decir que mejor que yo.
Pero, en cuanto al curso de este mundo, ¿no habíamos caído ampliamente en sus caminos? No —como ya he dicho— en una mundanalidad abierta; pero ¿no había una corriente de cosas toleradas y dejadas pasar que contristaba al Espíritu de Dios y, por ello, debilitaba toda fuerza y todo discernimiento espirituales, tanto para ejercer la disciplina como para conocer el pensamiento del Señor en todo nuestro andar?
¿No habíamos perdido la capacidad de discernir lo que es excelente, “para que sean puros e irreprensibles para el día de Cristo”, “llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría y comprensión espiritual… dando fruto en toda buena obra”?
¿Habíamos sido verdaderamente purificados para él como pueblo propio: no pertenecientes a nosotros mismos, sino comprados por precio; como cartas de Cristo, conocidas y leídas por todos los hombres; viviendo por él, cerca de él y para él? Como está escrito: “Cristo es todo, y en todos”, de modo que todo cuanto hiciéramos fuese hecho en el nombre del Señor Jesús.
¿Era Cristo —y solo Cristo— nuestra constante motivación, o predominaban motivaciones comunes del mundo? ¿Estaban nuestras compras y ventas, nuestras casas y nuestra manera de vestir regidas por principios que Cristo, si estuviera presente, aprobaría? ¿Andábamos siquiera como antes anduvimos? ¿Había un servicio consagrado entre los pobres y necesitados —visitando a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones— y guardándonos sin mancha del mundo?
Leemos: “No se adapten a este mundo, sino transfórmense mediante la renovación de su mente”. ¿Presentábamos nuestros cuerpos como sacrificio vivo —santo y agradable a Dios—, como un culto racional, comprobando cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta, así como Cristo se ofreció a sí mismo por nosotros como sacrificio?
¡Ay! ¿Qué lugar tenía él —y qué lugar tiene hoy— en nuestros corazones? ¿Vivimos realmente para Aquel que murió por amor a nosotros? Y si entre los hermanos estaba el testimonio de Dios en cuanto a la verdad, ¿era esa verdad tal como está en Jesús: que nos hemos despojado del viejo hombre y nos hemos revestido del nuevo, creado según Dios en justicia y santidad de la verdad?
Desde hacía mucho tiempo temía esto; la reunión de Manchester me alarmó. Yo no estuve allí, pero la discusión giró en torno a si nosotros éramos Filadelfia o a quién correspondía Laodicea; y no solo en Manchester. Los hermanos habían llegado a pensar en sí mismos como un grupo —un cuerpo de personas— y, por decirlo suavemente, pensaban menos en Cristo y en su cuerpo.
Ahora Dios nos llama —y lo hace en amor— a recordar de dónde hemos caído, a arrepentirnos y a volver a las primeras obras. Él busca coherencia y consagración. Siempre ha sido así, y bendigo su nombre por ello; pero ahora nos llama de una manera especial, mediante circunstancias particulares.
Satanás, que durante mucho tiempo había estado socavando, en la práctica, la consagración y la separación del mundo, hizo un esfuerzo mortal por apartar a los hermanos de su testimonio de la verdad. Pero Dios, en su misericordia soberana, desbarató ese intento. Ha sido una obra exclusivamente suya.
Ahora viene el aspecto positivo: ¿se ha quitado aquello que dio entrada y ocasión al enemigo? ¿Ha sido verdaderamente honrado el Señor? Si nuestras conciencias no atienden a sus caminos, lo que seguirá —aunque su paciencia sea grande y prolongada— será su juicio. Él puede desbaratar fácilmente los esfuerzos y el poder de Satanás, humillándonos mientras tanto; pero ¿quién podrá resistir su juicio?
Me pregunto a mí mismo —y les pregunto a ustedes—: ¿hasta qué punto podemos decir: “Para mí, el vivir es Cristo”? Esta es, para todos nosotros, la pregunta más solemne.
No procuro desalentar; al contrario. El Señor, en su misericordia soberana, no nos ha abandonado, aunque hemos fallado gravemente. Se ha mostrado sumamente bondadoso con nosotros, cuando podríamos haber esperado lo contrario. ¡Cuán pronto pudo decir el apóstol: “Todos buscan sus propios intereses, no los de Cristo Jesús”! Él ha sido lleno de misericordia y gracia; y lo que deseo es que, conforme a esa gracia, nuestros corazones se vuelvan a él.
Añado —puesto que este pasaje ha circulado— que Hebreos 12:27 no tiene aquí aplicación alguna. Allí Dios mismo sacude una vez más y quita las cosas que pueden ser sacudidas, para que permanezcan las que no pueden ser sacudidas. ¿Qué hombre, cuando Dios sacude todas las cosas, puede pretender establecer lo que no puede ser sacudido?
Sin embargo, una parte del pasaje sí nos corresponde a nosotros, a quienes se nos dirigió la advertencia de que Dios sacudiría una vez más todas las cosas; a saber: “Por lo cual, puesto que recibimos un reino que es inconmovible, demostremos gratitud, mediante la cual ofrezcamos a Dios un servicio aceptable, con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor”.
Tal es su gobierno aquí; pero, junto con ello, tenemos confianza para entrar en el Lugar Santísimo. ¡Que nuestros pensamientos sean moldeados allí! ¡Que recordemos también que él gobierna!
Su afectuoso hermano en Cristo.
J. N. Darby