Carta J. N. Darby
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Carta J. N. Darby

J J. N. Darby · 15 de Junio de 2026 · 6 min
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Amadísimo hermano:

Considero fundamental que usted —y todos nosotros— estudiemos la Palabra de manera sistemática. La mejor inversión es dedicar los primeros y mejores momentos del día a su estudio, recordando que nuestra prioridad es la comunión personal con Dios. Es un error pensar que podemos actuar en el poder del Espíritu sin la Palabra: eso solo produce una falsa apariencia de poder, ajena a la obediencia y a la sumisión real del corazón.

Sobre la guía del Espíritu y el método, ambos se manifiestan perfectamente en el apóstol Pablo cuando dice: “Porque si estamos fuera de nosotros, es para Dios; o si estamos en nuestro juicio, es para ustedes” (2 Corintios 5:13 RVA2015). Hay dos aspectos importantes aquí: primero, un poder divino que nos eleva más allá de nosotros mismos cuando Dios obra en nosotros; segundo, una consideración amorosa hacia los demás que también viene de Dios. Pablo experimentaba el poder de Dios a través del Espíritu Santo, y el amor de Dios lo impulsaba a servir a otros —dos formas maravillosas de dejar atrás el ‘yo’. Cuando dice “si estamos en nuestro juicio, es para ustedes”, nos muestra el método: actuar con amor pensando en el bien de los demás.

En cuanto a la lectura, la Escritura es clara: “Reflexiona sobre estas cosas; dedícate a ellas, para que tu aprovechamiento sea evidente a todos” (1 Timoteo 4:15). Entiendo que hay dos maneras de acercarse a la Escritura: primero, por gracia, poner mi conciencia y mi corazón delante de ella para que obre en mí, como alguien que está sujeto a su autoridad; y, en segundo lugar, estudiarla para comprender su sentido, su contexto, sus conexiones y su profundidad. El proceso debe comenzar por llenarse uno mismo; luego, extraer de los tesoros de la comunión y —cuando esto es genuino— dar lugar a la libre acción del Espíritu Santo. La Escritura habla con claridad tanto del orden y el método como de la libre acción del Espíritu.

La Escritura habla claramente tanto del orden y del método como de la libre acción del Espíritu Santo. La Primera Epístola a Timoteo consiste, en gran medida, en instrucciones metódicas. Sin embargo, hoy, cuando el orden externo ha llegado a ser un instrumento del mal, y los cristianos se hallan, en cierto sentido, aislados en medio de esa situación, el poder espiritual ha pasado a ocupar un lugar principal, pues es así como Dios supuestamente se manifiesta. Y como todos los santos no están reunidos, el orden general no puede existir plenamente. Esta es precisamente la prueba de la fe de los hermanos. Pero esto no anula el principio general del orden, y mucho menos el orden y el método en la vida individual. Jamás pensé algo semejante. Salvo que surjan demandas especiales, siempre trabajo en casa desde que me levanto hasta la hora de la comida; después realizo visitas y otras labores.

En cuanto a la escuela dominical: no se trata de descuidar la Cena del Señor para quedarse con los niños, sino de entregarse al servicio de Cristo. En este servicio uno se priva voluntariamente de un disfrute acostumbrado, sin que ello signifique falta de aprecio o deseo por ese privilegio. No es como un siervo que se queda por obligación, sino como una madre que permanece junto a su hijo enfermo: sentiría la privación, pero cumpliría con su deber. Es semejante a cuando surge una oportunidad de predicar a los pecadores, y alguien se ausenta una vez de la reunión del partimiento del pan con ese propósito. Se trata, en definitiva, de ser llamado por Dios y consagrado a esa labor. Por eso, quien se dedica a los niños como obra para el Señor —renunciando a un domingo de cada tres como expresión de devoción— debe considerar personalmente si se siente llamado a esta forma de consagración.

Existe una consideración adicional: determinar si el cuidado de los niños es necesario para el buen funcionamiento de la escuela dominical y su bienestar. En tal caso, no tendría reparo alguno en quedarme para atenderlos. Sin embargo, me opondría a ausentarme habitualmente de la Cena del Señor por causa de la escuela bíblica.

En cuanto a la reunión: supongo que ya han vivido algo parecido en [nombre omitido]. Me parece sencillo escribir a un obrero conocido en un lugar específico para informarle que quienes actualmente están dedicados a la Palabra desean estudiar juntos, e invitarlo. Mi sugerencia —a menos que exista un deseo muy intenso de reunirse entre los hermanos que trabajan en la obra— sería tomar el camino más simple: invitar a quienes estén cerca (en Inglaterra o en lugares accesibles) y realizar la reunión en una casa particular. Esto le daría un carácter más confidencial, distinto al de una reunión pública. Si el anhelo de reunirse es grande entre los hermanos activamente dedicados a la obra, esto podría crecer con el tiempo hacia una convocatoria más amplia. Por supuesto, también puede invitarse a hermanos que acostumbran viajar, si así lo desean.

Estoy escribiendo y debatiendo sobre la traducción al alemán de Romanos… pero creo —o al menos espero— haberme expresado con suficiente claridad.

¡Anímese, estimado hermano! Sea fuerte, y él fortalecerá su corazón. Lea el Salmo 27 —me refiero, en particular, a cómo el corazón contempla al Señor.

Es importante conocer la gracia y el poder en libertad, pero también lo es comprender el gobierno de Dios y, con ello, la sujeción moral y el orden. Me apenaría profundamente ver que los principios distintivos de los hermanos —y su justo y firme apego a la reunión de los santos— condujeran al abandono de la obra entre las almas. En el principio fue todo lo contrario. Y si el amor está actuando —y si las reuniones han de ser bendecidas, así debe ser—, lo que obra en el mundo bendice también a la reunión; solo debemos tener presente que el Espíritu Santo obra verdaderamente en ambas esferas…

La paz sea con usted, estimado hermano. Mis más respetuosos saludos a los hermanos. Me dará muchísima alegría verlos a todos.

Siempre suyo, con afecto,

J. N. Darby


1860, Letters, Volume 1, number 176

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