“Libra a los que son llevados a la muerte; salva a los que están en peligro de muerte” (Pr. 24:11 RV60).
“Porque nosotros no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído” (Hch. 4:20)
Cada día mueren en el mundo más de 150.000 personas. Eso significa que, cada segundo, casi dos personas entran en la eternidad: salvas para siempre o perdidas para siempre. Para que las personas sean salvas, el Señor Jesús encargó a sus discípulos —hace aproximadamente 2.000 años— llevar al mundo las buenas nuevas del evangelio.
¿Cómo podemos…
… evangelizar más, y hacerlo con mayor gozo?
… no evangelizar solo por sentido del deber?
… recobrar la conciencia de nuestra identidad como testigos de Cristo?
… recordar por qué estamos en la tierra?
… sentir una profunda compasión por los perdidos?
… salir sin temor y advertir acerca del infierno?
Quisiera presentar tres claves que pueden ayudarnos:
La Biblia describe el infierno como una realidad terrible. Por eso Pablo escribe: “conociendo el temor del Señor, persuadimos a los hombres” (2 Co. 5:11). Para él era evidente: si sé lo que les espera a los incrédulos, ¡debo advertirles!
En los Evangelios, el Señor Jesús habló mucho más del infierno que del cielo. Como un buen médico que no oculta a una persona enferma un diagnóstico doloroso, el Señor hizo comprender a los hombres lo que les aguardaba. Cuanto más conscientes seamos de este peligro, con mayor celo advertiremos a quienes nos rodean.
Si pasáramos junto a un automóvil accidentado y en llamas, sin duda haríamos todo lo posible por rescatar a un niño atrapado y librarlo de una muerte inminente.
Y, sin embargo, aun en ese caso estaríamos procurando salvarlo solo para los próximos ochenta años de vida. En el Evangelio, en cambio, se trata de que alguien sea salvo para toda la eternidad.
Cuando el Señor Jesús veía a las personas perdidas a su alrededor, no permanecía indiferente. Su corazón se conmovía, y las lágrimas corrían por sus mejillas. Él veía el valor de cada alma: “Cuando Jesús se acercó, al ver la ciudad, lloró sobre ella” (Lc. 19:41; comp. con Mt. 9:36-37).
Un cristiano trabajó durante veinte años junto a un compañero incrédulo sin hablarle nunca del evangelio. Un día, aquel hombre se convirtió y comenzó a contar con entusiasmo lo sucedido en su lugar de trabajo. El cristiano exclamó:
—¡Maravilloso! ¡Yo también soy cristiano!
Sorprendido, el recién convertido respondió:
—¿Cómo dices? ¿Sabías desde hace veinte años que yo iba camino al infierno, y fuiste tan indiferente conmigo que nunca me advertiste? (comp. con 2 R. 7:9; Ez. 3:18).
En ciertas regiones desérticas se considera uno de los peores delitos saber dónde hay agua y guardar el secreto para uno mismo. Una clave importante para nosotros es amar más a los perdidos, reconocer su valor ante los ojos de Dios y mostrarles dónde se encuentra el “agua”.
El amor al Señor —quien sufrió infinitamente para salvar a los seres humanos— es la clave más importante. Nos guarda de una actitud legalista («¡Ahora TENGO que evangelizar!») y nos mueve a hacerlo con gozo. El Señor dijo a sus discípulos: “Vengan en pos de mí, y yo los haré pescadores de hombres” (Mt. 4:19).
Esto significa que, si tu relación con el Señor está en orden, Él hará de ti —de manera natural— un pescador de personas. ¡El amor hacia arriba produce amor hacia los demás!
Por medio de estas tres claves, nuestro corazón puede abrirse más a la evangelización. Entonces comprenderemos que evangelizar es un estilo de vida: no se trata solo de alcanzar personas en eventos evangelísticos anuales, sino de hacerlo en la vida diaria, en nuestro entorno habitual (en el supermercado, en el vecindario, en la plaza, en la escuela o en el trabajo).
Allí donde el Señor te ha colocado está tu campo misionero.
Las oportunidades para evangelizar son muchas: distribuir tratados (o dejarlos en lugares públicos; por ejemplo, en un autobús), dar un testimonio personal, usar una camiseta o una taza con un mensaje bíblico en la oficina, colaborar económicamente con actividades evangelísticas, organizar una comida con un mensaje bíblico para los vecinos, ayudar a personas sin hogar y, sobre todo, ¡orar!
¿Eres consciente de que muchas personas a tu alrededor están «gravemente enfermas» y de que tú tienes el remedio?
Puedes ayudarlas a conocer al Salvador Jesucristo.
¿Deseas que tu Señor te use para ello?