Saciado, ¿pero de qué?
Exhortación

Saciado, ¿pero de qué?

R Ricardo Vasconcelo · 7 de Julio de 2026 · 5 min
Escuchar este artículo
0:00 / 0:00
Letra:

“El hombre saciado aborrece la miel, pero para el hombre hambriento todo lo amargo le es dulce” (Proverbios 27:7)

La miel suele representar aquello que una persona puede extraer de la Palabra de Dios para ministrar a otros. A veces se la confunde con la Palabra misma; sin embargo, esta es más dulce que la miel (véase Salmo 19:10). En otro proverbio leemos: “¿Has hallado miel? Come solo lo que necesites, no sea que te hartes y la vomites” (Proverbios 25:16). Nunca se nos exhorta a comer solo lo que necesitemos de las Escrituras; al contrario, se nos dice que la Palabra debe habitar en abundancia en nosotros (véase Colosenses 3:16).

Por otro lado, la miel es fruto del trabajo unido de las abejas. No existe criatura en la naturaleza que represente de manera tan exacta y preciosa lo que es la unidad. La miel es el producto del trabajo conjunto de una colmena, y el ser humano puede extraer de ella para su propio beneficio. Esto evoca los resultados de la “unidad del Espíritu” mencionados en Efesios 4: el Señor ascendido ha dado dones para la edificación del cuerpo de Cristo, “a fin de capacitar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del pleno conocimiento del Hijo de Dios, a la condición de un hombre maduro, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:12-13).

En el proverbio de esta meditación se nos dice que el “hombre saciado aborrece la miel”. ¿Puede la miel ser aborrecida? Salomón le dice a su hijo: “Come miel, hijo mío, porque es buena; sí, la miel del panal es dulce a tu paladar” (Proverbios 24:13). Por tanto, aunque por un lado Salomón advierte que se debe comer lo necesario, al mismo tiempo exhorta a comerla, nunca a aborrecerla.

En este artículo quisiera aplicar esto al ministerio de la Palabra, ya sea hablado o escrito. Cuando nos reunimos para escuchar la Palabra —ya sea en la edificación de la iglesia, en conferencias, en campamentos, etc.— acudimos para comer de esa miel que, previamente, uno o varios expositores extrajeron de su comunión con el Señor. La “unidad del Espíritu” nos enseña que el Señor ha dado dones, y nos sujetamos al Señor cuando escuchamos lo que esos dones tienen para transmitirnos. Asimismo, disfrutamos de muchos escritos —impresos o digitales— de hermanos, tanto contemporáneos como de otras épocas, que nos edifican. En muchos casos, este ministerio suele abrirnos los ojos, tal como le sucedió a Jonatán (véase 1 Samuel 14:27).

Sin embargo, puede llegar un momento —si es que no nos está sucediendo ya— en que no anhelamos este ministerio como antes. Las reuniones de los santos para escuchar la Palabra dejan de atraernos; preferimos ocupar los días libres para ir a la playa, al campo o pasar tiempo con la familia, en lugar de asistir a una conferencia o a un campamento bíblico. Las revistas cristianas que recibimos periódicamente se acumulan sobre alguna mesa de la casa o quedan al fondo del bolso, y rara vez leemos o compartimos los mensajes que encontramos en sitios o canales digitales.

¿Por qué sucede esto? Estamos saciados. Pero no saciados de lo bueno: nos hemos llenado de cosas que no convienen. Como los creyentes corintios, que estaban “saciados” (1 Corintios 4:8), pero no de aquello que edificaba. Quizá las cosas del mundo, las cosas terrenales —el trabajo, la familia, algún pasatiempo—, aunque no sean malas en sí mismas, nos sacian de tal manera que ya no deseamos la “miel” que el Señor nos provee. Tal vez hasta ahora no habías identificado qué estaba detrás de tu falta de apetito: como quien se ha saciado de comida chatarra, no hay espacio en el estómago para aquello que es saludable.

Pero hay un lado positivo en este proverbio: “Para el hombre hambriento todo lo amargo le es dulce”. Cuando alguien recién ha conocido al Señor o está escudriñando las Escrituras con avidez, el ministerio de la Palabra —escrito o hablado— puede ser un medio para “abrir los ojos” y despertar un deseo aún mayor. Una hoja de calendario, una revista cristiana, un artículo en un sitio web, etc., pueden ser de gran dulzura para quien se edifica en ello. Incluso, a veces, las cosas «amargas» pueden parecer dulces: cuántos creyentes fieles, ávidos por más de la Palabra, son edificados a veces por ministerios de dudosa procedencia, pero que, debido a su anhelo, les resultan dulces.

Si por la gracia del Señor hemos probado de la miel que abre nuestros ojos, seamos como Jonatán, quien dijo: “Vean ahora cómo brillan mis ojos porque probé un poco de esta miel. Cómo sería si el pueblo hubiera comido hoy libremente” (1 Samuel 14:29-31). Compartamos más de esta miel: invitemos a nuestros amigos cristianos —e incrédulos— a las reuniones de los santos; repartamos revistas cristianas; compartamos por redes sociales artículos de edificación o vídeos, etc. A quienes aún les parece dulce lo amargo, démosles más de esta miel.

“Echa tu pan sobre las aguas; porque después de muchos días lo hallarás” (Eclesiastés 11:1)

Saciado, ¿pero de qué?
0:00 / --:--
— / —
Generando imagen…
📖
Instalar Granos de Vida Accede sin internet · Como una app nativa