Cuando Lucas se dispuso a escribir su evangelio, no lo hizo como quien recoge tradiciones religiosas. Lo hizo como investigador. En el prólogo de su evangelio (véase Lucas 1:1–3), nos dice que consultó a autoptes — una palabra griega que significa literalmente “los que vieron con sus propios ojos”. Es la misma raíz de nuestra palabra «autopsia»: examen directo, de primera mano, sin intermediarios. Lucas entrevistó testigos. Investigó con la precisión de un médico que no se conforma con impresiones, sino que busca certeza. Y de esa manera Dios eligió darnos Su Palabra: a través de un hombre real, con un método real, conducido por el Espíritu Santo.
¿Por qué importa esto? Porque lo que Lucas registra no es mito ni tradición. Es historia. Y esa historia tiene un centro: la llegada del Hijo del Hombre al mundo en el momento preciso que Dios había determinado desde antes de la creación.
Pablo lo expresa en Gálatas 4:4: “Cuando vino la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo.” En griego, to plērōma tou chronou — el momento exacto en que todas las condiciones convergieron. El Imperio Romano había construido sus caminos. El griego koiné era el idioma común del mundo conocido. El judaísmo había sembrado la esperanza mesiánica en cada sinagoga de las naciones. Dios no fue sorprendido por el pecado del hombre. Antes de que surgiera el problema, ya tenía la respuesta.
Y en esa plenitud del tiempo, Lucas registra con cuidado cada detalle de los primeros cuatro capítulos: el nacimiento de Juan el Bautista, el anuncio a María, el pesebre de Belén, la presentación en el templo, los años silenciosos de Nazaret, el bautismo en el Jordán, la genealogía, la tentación en el desierto, la declaración en Nazaret y la autoridad desplegada en Capernaúm. No son episodios sueltos. Son los cimientos sobre los que se construye todo el evangelio.
En Lucas 3:21–22, ocurre algo singular: cuando Jesús es bautizado, el Espíritu Santo desciende sobre él en forma corporal — Lucas es el único que usa esa expresión, sōmatikō eidei: forma visible, real, perceptible. No fue que Jesús recibiera al Espíritu en ese momento como si antes no lo tuviera. Fue su unción pública para el ministerio que comenzaba. Como cuando un rey era ungido con aceite en el Antiguo Testamento — no se convertía en persona distinta, sino que era habilitado y reconocido públicamente para la obra que el Padre le había encomendado. El Padre habló: “Tú eres mi Hijo amado; en ti me he complacido.” Y ese mismo Espíritu lo llevó al desierto.
En Lucas 4:14–21, Jesús regresa a Galilea en el poder del Espíritu y llega a Nazaret. Abre el rollo de Isaías y lee: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar el evangelio a los pobres… a proclamar el año agradable del Señor.” Y cierra el rollo. Se sienta. Y dice: “Hoy se ha cumplido esta Escritura en sus oídos.”
Lo que no leyó es tan importante como lo que sí leyó. El texto de Isaías 61:2 continúa: “…y el día de la venganza del Dios nuestro”. Jesús se detuvo en medio del versículo. En esa pausa, en esa coma, hay dos mil años de historia. Lo que llamamos la coma profética: una bisagra teológica que separa la primera venida de la segunda. La primera venida trae gracia, cruz, evangelio. La segunda traerá juicio y la instauración del reino davídico prometido. Vivimos entre esas dos venidas. Vivimos en “el año agradable del Señor” — una gracia que tiene comienzo y que tendrá fin cuando él regrese.
Al terminar ese día extraordinario en Capernaúm — donde echó un demonio, sanó a la suegra de Pedro y puso Sus manos sobre cada enfermo que le llevaron — las multitudes quisieron retenerlo. Pero Jesús respondió con una de las declaraciones más claras de todo el evangelio: “También a otras ciudades me es necesario anunciar el evangelio del reino de Dios; porque para esto he sido enviado” (Lucas 4:43).
Dei — en griego, «es necesario, debe ser». No la presión popular. No el aplauso. El imperativo del plan eterno del Padre. Y apestalēn — “fui enviado”: el mismo verbo que da origen a la palabra «apóstol». Jesús es el enviado por excelencia. Todo Su ministerio fluye de un encargo del Padre, no de una agenda propia. Y ese encargo quedó resumido en el versículo eje de todo el evangelio de Lucas: “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10).
Pablo escribió a los filipenses: “Haya pues en vosotros este mismo sentir que hubo también en Cristo Jesús” (Filipenses 2:5). No es una sugerencia devocional. Es un llamado a compartir el mismo propósito que movió al Hijo del Hombre.
Nosotros también hemos sido enviados. Llenos del mismo Espíritu. Armados con la misma Palabra — esa Palabra que Jesús usó tres veces en el desierto respondiendo “Escrito está”, con la certeza de quien sabe que lo que Dios dijo permanece vigente para siempre. Ungidos por él para ser testigos. Llamados a orar como Lucas muestra que oraba Jesús — antes de cada momento decisivo. Llamados a conocer las Escrituras, no solo como información sino como el arma que el Señor usó para vencer al adversario en el desierto.
Que el propósito que nos mueva no sea el reconocimiento ni la comodidad. Que sea el mismo que Él tuvo: ir a buscar lo que estaba perdido. Anunciar el evangelio de la gracia mientras dure el año agradable del Señor. Porque también a nosotros, el Padre nos ha enviado.
— Para esto también fuimos enviados.
“Pero tú, sé sobrio en todas las cosas, sufre penalidades, haz el trabajo de un evangelista, cumple tu ministerio” (2 Timoteo 4:5)
“Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10)
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