“Entonces él les contestó: Si es pecador, no lo sé; una cosa sé: que yo era ciego y ahora veo.” (Juan 9:25)
“Porque nosotros no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.” (Hechos 4:20)
A veces evangelizar resulta difícil. El incrédulo crítico formula preguntas complicadas o presenta argumentos contra la fe que no siempre son fáciles de refutar. Este peligro puede convertirse en un obstáculo para que algunos hermanos y hermanas den testimonio del Señor Jesús.
Pero precisamente aquí la Biblia nos presenta un excelente ejemplo: el hombre que nació ciego en Juan 9. Probablemente era una persona con poca instrucción y no estaba en condiciones de responder a las numerosas preguntas de sus críticos interrogadores. En cierto momento pone fin a aquel «interrogatorio» con una declaración admirable: “Si es pecador, no lo sé; una cosa sé: que yo era ciego y ahora veo”.
Todavía no comprendía muchos detalles, pero una cosa le resultaba absolutamente clara: antes era ciego y ya no lo era.
En un tribunal, la tarea de un testigo es muy sencilla: describir lo que ha visto o escuchado. No debe presentar análisis complejos ni resolver el caso; simplemente debe dar su testimonio.
Esa es también nuestra tarea como testigos: describir lo que hemos experimentado. Decir sencillamente a las personas que una vez fuimos ciegos y que ahora vemos.
Por eso, si alguien nos plantea una pregunta difícil acerca de la Trinidad, simplemente demos testimonio de cómo el Señor nos salvó. Si un ateo niega la existencia de Dios basándose en el sufrimiento del mundo, simplemente demos testimonio del sentido que nuestra vida recibió mediante la conversión. Si un escéptico presenta un argumento aparentemente irrefutable en favor de la evolución, simplemente demos testimonio del gozo que el Señor nos da.
Esto armoniza perfectamente con las palabras de los discípulos cuando dijeron a los dirigentes judíos: “Porque nosotros no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído” (Hechos 4:20). Eran “eran hombres sin letras y sin preparación” (Hechos 4:13), que sencillamente daban testimonio de lo que habían vivido con el Señor.
Nuestros esfuerzos evangelísticos no tienen que consistir en elaboradas demostraciones. Basta con transmitir esta sencilla realidad: que éramos ciegos y que ahora vemos.
A propósito, el evangelista Wilhelm Busch ilustró esta verdad con la siguiente historia. En una iglesia, un coro infantil cantó un conocido cántico para niños que decía:
«Porque soy una ovejita de Jesús,
solo me alegro en mi buen Pastor,
quien sabe cómo alimentarme».
Al fondo del salón de reuniones se encontraba un hombre de negocios que, profundamente impresionado, comprendió de repente: «Yo no tengo lo que esos niños están cantando». Dios utilizó aquel sencillo testimonio salido de labios de niños para llevar a ese hombre a la salvación.