¿Qué edad debe tener una persona para ejercer un servicio (público)? ¿Es la edad el factor decisivo, o se trata principalmente de otras cuestiones?
“Esto es lo que se refiere a los levitas: desde los veinticinco años en adelante entrarán a cumplir el servicio en el ministerio de la tienda de reunión. Pero a los cincuenta años se jubilarán de ejercer el ministerio, y no trabajarán más. Sin embargo, pueden ayudar a sus hermanos” (Números 8:24-26).
Ya desde temprana edad, algunas personas creyentes desean servir al Señor. Esto cuenta con su aprobación y, cuando es para edificación, los hermanos lo reciben con gratitud. Pero ¿qué ocurre cuando personas jóvenes ejercen —o desean ejercer— un servicio público, o al menos visible para muchos? «¿Acaso el Señor Jesús no tenía treinta años cuando comenzó su ministerio público?». Frases como estas pueden inquietar con facilidad, sobre todo cuando se las relaciona con Números 4:3. Allí, en efecto, el inicio del servicio levítico —figura de nuestro servicio al Señor en la actualidad— se fija en los treinta años.
No estamos bajo la Ley; por lo tanto, estas instrucciones no tienen para nosotros un sentido literal. Sin embargo, quizá podamos ver en ellas una indicación: para un servicio público se requiere cierta madurez espiritual, que no es idéntica a la edad cronológica.
No es el propósito de este artículo tratar extensamente los requisitos del servicio, pero una breve mirada al propósito de corazón de Esdras es, sin duda, provechosa:
“Porque Esdras había dedicado su corazón a estudiar la ley del SEÑOR, y a practicarla, y a enseñar sus estatutos y ordenanzas en Israel.” (Esdras 7:10).
Tanto los siervos «mayores» como los «jóvenes» son responsables ante su Señor. Con todo, en este contexto conviene distinguir entre la actividad como siervo y la condición de hermano. Un hermano más joven, si desea obedecer la Palabra de Dios, se sujetará a los mayores (véase 1 Pedro 5:5). Esta es la voluntad expresa de Dios. Por eso, si hermanos de más edad le dan consejos espirituales respecto a su conducta o a su comportamiento en las reuniones, no solo los escuchará, sino que también los seguirá. De lo contrario, estaría desobedeciendo la Palabra de Dios.
Ahora bien, en lo que respecta a su servicio, cada siervo es responsable ante su Señor. El Señor Jesús dice en Juan 12:26: “Si alguien me sirve, que me siga”. Asimismo, el apóstol Pablo menciona dos veces en Hechos 20 su servicio para el Señor. Aunque podemos y debemos juzgar el ministerio que se dirige a nosotros (véase 1 Corintios 14:29), en última instancia cada siervo —sea joven o anciano— rinde cuentas ante su Señor. Si alguien con más experiencia en el servicio aconseja a un siervo más joven, este hará bien en considerar seriamente esas observaciones. Pero ello no disminuye su responsabilidad personal delante del Señor.
En realidad, no es extraordinario que hermanos jóvenes, quizá ya con algunos años de conversión, sirvan de manera cada vez más pública al Señor. Es llamativo que, incluso en el Antiguo Testamento, la edad de los levitas se redujera progresivamente: de los treinta años iniciales hasta, finalmente, los veinte (véase Esdras 3:8).
¿Y acaso no vivimos hoy tiempos semejantes a los de Esdras, cuando hay escasez de verdaderos siervos para el Señor? Podemos alegrarnos por quienes, siendo jóvenes, ordenan su camino conforme al Señor.
En la Biblia hallamos hermosos ejemplos de personas jóvenes que cumplieron un servicio bendecido.
Sabemos que José tenía diecisiete años cuando su padre lo envió a apacentar el rebaño con sus hermanos. Más tarde, cuando llegó a ser el segundo hombre en el país de Egipto, tenía treinta años. Quizá podamos ver en esto —y también en la edad de David cuando fue hecho rey a los treinta— una figura del Señor Jesús, quien precisamente a esa edad fue rechazado por su pueblo Israel (véase Juan 1:11).
Sin embargo, durante los trece años anteriores a su exaltación, José pudo realizar un servicio más o menos público para el Señor. Comenzó en la casa de su padre, donde gozaba de su favor, y continuó en la casa de Potifar, donde todo prosperaba en sus manos. Después de superar victoriosamente la prueba presentada por la esposa de Potifar y ser encarcelado por ello, también allí pudo ejercer una influencia de bendición e incluso anunciar acontecimientos proféticos. Finalmente, antes de su exaltación, pudo revelar al gobernante del mundo de entonces los acontecimientos de los catorce años siguientes. ¡El Señor se complace cuando encuentra en nuestra vida una fidelidad semejante, aun en la juventud, para poder utilizarnos de esta o de otra manera!
De Samuel leemos que, ya en sus años juveniles, fue utilizado por el Señor en el servicio, y ello para todo Israel, pero especialmente para Elí, el dirigente espiritual del pueblo. Ezequías tenía veinticinco años cuando comenzó a reinar sobre todo Judá, y ya en el primer año de su reinado demostró que el Señor podía usarlo con bendición en su obra y servicio. También Josías, que llegó a ser rey a la edad de ocho años, tenía apenas veinte cuando purificó Judá de los ídolos, una tarea que sin duda constituyó un servicio público.
Por último, David fue utilizado públicamente por el Señor mucho antes de convertirse en rey. Pensemos tan solo en su combate contra Goliat. Es cierto que estos hombres fueron instrumentos extraordinarios en la mano del Señor. Sin embargo, eso no significa que el Señor no pueda seguir llamando hoy de manera «extraordinaria».
Por tanto, también nosotros podemos animar a los jóvenes a ponerse tempranamente al servicio del Señor. Ciertamente, el Señor busca primero fidelidad en el corazón y en las cosas pequeñas, y nos prepara en secreto. Cuando considere llegado el momento, también confiará un servicio público.
Especialmente cuando pensamos en los misioneros, podemos comprender fácilmente que el Señor los llame a una edad en la que todavía sean jóvenes y suficientemente ágiles para soportar durante largo tiempo las exigencias físicas de la obra. Antes de ello, el Señor mostrará que su bendición reposa sobre su trabajo.
Todo joven que sirva sinceramente al Señor deseará hacerlo en comunión con los hermanos (véase Hechos 13:3). En ocasiones puede encontrarse en situaciones en las que esté solo. Pensemos en Pablo y en algunos profetas del Antiguo Testamento, varios de ellos muy jóvenes. Pero ciertamente esa no es la norma.
Quizá todavía haya jóvenes siervos dispuestos a poner toda su vida a disposición del Señor en todos los aspectos, independientemente de que ello implique o no renunciar a una carrera profesional, para el bien de su iglesia y con el apoyo de creyentes espirituales.
“Si llega Timoteo, vean que esté entre ustedes sin temor, pues él hace la obra del Señor lo mismo que yo. Por tanto, nadie lo menosprecie. Más bien, envíenlo en paz para que venga a mí, porque lo espero con los hermanos” (1 Corintios 16:10-11).