En ti están todas mis fuentes
Exhortación

En ti están todas mis fuentes

R Ricardo Vasconcelo · 31 de Julio de 2026 · 7 min
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“Entonces tanto los cantores como los flautistas dirán: «En ti están todas mis fuentes de gozo»” (Salmo 87:7)

Esta mañana meditamos este versículo en familia. Apareció en la hoja de un calendario de versículo diario y de inmediato surgió la primera pregunta: ¿quién es el sujeto de la expresión: “en ti están todas mis fuentes”? La respuesta, especialmente la de los niños, fue sencilla y rápida: ¡se refiere al Señor! Quizá muchos responderíamos así; sin embargo, haremos bien en considerar el contexto del salmo para comprender quién habla y a qué se refiere.

El Salmo 87 es un “salmo de los hijos de Coré” (v. 1). Al pensar en ellos, podemos notar varios rasgos distintivos:

  1. Misericordia y gracia
  2. Cercanía a Dios y a sus atrios
  3. Fidelidad al Señor

Coré, un coatita, se rebeló contra Moisés y Aarón —también coatitas—, buscando el sacerdocio. No se conformó con estar a cargo de las “cosas más sagradas” (Números 4:4); codició la posición que el SEÑOR le había concedido a Aarón. A Coré se unieron Datán y Abiram, otros dos hombres perversos, y el juicio de Dios para ellos y sus familias fue que “la tierra abrió su boca y se los tragó” (Números 16:32). Sin embargo, “los hijos de Coré no murieron” (Números 26:11).

Dios mostró misericordia con los hijos de Coré, pues fueron preservados de aquel juicio. Además, por gracia les concedió escribir muchos salmos que quedaron en la Palabra inspirada de Dios, y también disfrutar de un aprecio y cercanía especial por “los atrios del SEÑOR” (Salmo 84:2).

Ellos también demostraron fidelidad al SEÑOR. Cuando Moisés dijo: “Apártense ahora de las tiendas de estos malvados” (Números 16:26), leemos que “Datán y Abiram salieron y se pusieron a la puerta de sus tiendas, junto con sus mujeres, sus hijos y sus pequeños” (Números 16:27). Sin embargo, no leemos lo mismo de Coré. Parece que sus hijos se apartaron de la rebelión de su propio padre. En otro salmo de los hijos de Coré se aprecia una señal de esto: “Escucha, hija, presta atención e inclina tu oído; olvídate de tu pueblo y de la casa de tu padre. Entonces el Rey deseará tu hermosura; inclínate ante él, porque él es tu señor” (Salmo 45:10-11).

A la luz de esto, podemos discernir en los salmos de los hijos de Coré un aprecio especial por los atrios del SEÑOR, la casa de Dios y Sión, donde esta última estaba ubicada. Este aprecio nace de comprender la gracia y la misericordia de Dios, quien los salvó del juicio que cayó sobre su padre. Además, mantuvieron una fidelidad constante a lo largo de sus días.

A su vez, el Salmo 87 nos lleva proféticamente al milenio, cuando Sión sea establecida como capital de todas las naciones. Finalmente, los cimientos permanecerán firmes en el lugar que Dios ha escogido “para poner allí su nombre” (Deuteronomio 12:5). Por siglos, Jerusalén ha sido “pisoteada por los gentiles” (Lucas 21:24); incluso hoy sigue dividida y, en el monte del templo, se halla una mezquita musulmana. Pero llegará un día en que se dirán “cosas gloriosas” de ella: la “ciudad de Dios” (v. 3). Se cumplirán entonces las profecías acerca de esa gloria futura (véase Isaías 2:14 y Zacarías 14:16-17, por ejemplo).

Hubo hijos de Coré que fueron porteros en la casa del Señor (véase 1 Crónicas 26:1, 19). En el versículo 2 del Salmo 87 leemos: “El SEÑOR ama las puertas de Sión”. Las puertas suelen hablarnos de responsabilidad y administración, pues allí —en el mundo antiguo— estaban los gobernantes y jueces (compárese con Gn. 19:1, 9; Rut 4:1). La estabilidad futura de Sión tendrá como sólido fundamento el amor del Señor. ¡Qué precioso es ver a estos hijos de Coré —algunos porteros de profesión— compartir el amor del SEÑOR por su ciudad y por su casa!

En los versículos 4 a 6 se nos habla de cinco pueblos y de sus moradores, quienes en el reino milenial cambiarán su ciudadanía a Sión. Se dirá de ellos: “Este nació allí”. ¡Antes enemigos de Israel, ahora ciudadanos de Jerusalén! Estas bendiciones individuales serán para quienes vayan a Sión para ser enseñados en los caminos del Señor (véase Isaías 2:2-3).

Finalmente, para cerrar este salmo, se nos dice que el cántico será: “En ti están todas mis fuentes de gozo”. Por tanto, se está refiriendo a la ciudad de Dios, a Jerusalén, como el lugar donde están las fuentes de su gozo (“orígenes” en NVI). Por siglos, la humanidad —sus pueblos y naciones— ha buscado estas fuentes de gozo sin hallarlas. Desde la primera guerra mencionada en la Biblia (véase Génesis 14), las naciones no han podido estar en paz ni encontrar sus orígenes y sus fuentes estables. Sin embargo, llegará el día en que las naciones podrán subir a Sión y hallar allí la fuente de su gozo. ¿Por qué? Leemos en Ezequiel 48:35 acerca de la ciudad: “La ciudad tendrá 18,000 codos (9,450 metros) en derredor; y el nombre de la ciudad desde ese día será: ‘El SEÑOR está allí’”. El Señor morará en la ciudad; él gobernará desde los cielos sobre la tierra desde Sión.

Además, no se apartará el cetro de Judá, y a él será dada la obediencia de los pueblos (las tribus de Israel); y también subirán allí, para adorar al Rey, todas las naciones: “Y sucederá que todo sobreviviente de todas las naciones que fueron contra Jerusalén subirán de año en año para adorar al Rey” (Zacarías 14:16).

Aplicación práctica

Ahora bien, ¿no podemos extraer una enseñanza práctica para nosotros? ¡Claro que sí! Al igual que los hijos de Coré, nosotros estábamos condenados por nuestra naturaleza pecaminosa, heredada de nuestro primer padre, Adán. “Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia ustedes han sido salvados), y con Él nos resucitó y con Él nos sentó en los lugares celestiales en Cristo Jesús” (Efesios 2:4-6). Además, tenemos acceso a la presencia de Dios, no a través de un atrio terrenal y una casa hecha de manos, sino al cielo mismo por la obra del Señor Jesús. Como el coreíta en el tiempo antiguo, podemos gozarnos en la posición que se nos ha dado cerca de los atrios del Señor. Especialmente nos podemos deleitar en su amor (v. 2) por nosotros manifestado en la Persona del Señor Jesús, quien es el verdadero Jefe (”las puertas”) a quién Dios ha dado todo el dominio, ahora y en el siglo venidero.

Por otro lado, también podemos identificarnos con aquellos cinco pueblos mencionados en el Salmo 87: “Extranjeros y advenedizos” que ahora hemos sido hechos “conciudadanos de los santos” (Efesios 2:19). Tenemos nuestra ciudadanía en los cielos y podemos decir: “Cosas gloriosas se dicen de ti, oh Ciudad de Dios” (v. 3). Estamos sentados en los lugares celestiales en Cristo y “tenemos confianza para entrar al Lugar Santísimo por la sangre de Jesús” (Hebreos 10:19). Hemos nacido “de arriba” y puede decirse de nosotros: “este nació allí”: “Pero a todos los que lo recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios, es decir, a los que creen en su nombre; que no nacieron de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios” (Juan 1:12). ¡Qué gloriosa posición disfrutamos anticipadamente por gracia!

En un sentido práctico, podemos cantar: “En ti están todas mis fuentes de gozo”, al considerar que nuestra “vida está escondida con Cristo en Dios”. Las “fuentes”, las “motivaciones”, los orígenes de todas nuestras bendiciones no están en esta tierra, sino en los cielos, “donde está Cristo sentado a la diestra de Dios”. Por lo tanto, “pongamos la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra” (Colosenses 3:1-3). Diariamente, tengamos claro que todo lo que poseemos como creyentes —nuestras “fuentes”— se halla en lo alto, juntamente con Cristo.

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