El veneno de la amargura
Vida Cristiana

El veneno de la amargura

T Tim Hadley Sr. · 17 de Agosto de 2026 · 6 min
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Las caricaturas que muchos vimos en nuestra infancia —hace ya muchos años— representaban casi siempre el veneno o el peligro con una calavera y dos huesos cruzados, como señal de que la muerte estaba cerca. Muchos de nosotros podríamos colocar esa misma calavera sobre nuestro propio corazón —o, al menos, sobre alguno de sus rincones—, porque allí puede estar creciendo una planta venenosa. Poco a poco nos daña y puede llegar a paralizar nuestra vida espiritual, al menos en lo que respecta a nuestra utilidad para Cristo.

La Escritura presenta un cuadro muy claro de cómo el veneno de la amargura infectó y afectó la vida del rey Saúl. Era un hombre que sobresalía entre el pueblo, escogido por Israel y ungido por Dios (véase 1 Samuel 10). Saúl parecía tenerlo todo: poder, prestigio e incluso el aplauso de los hombres. Sin embargo, la Escritura muestra que murió como un hombre amargado. Todo indica que las semillas de esa amargura se sembraron muy temprano en su vida, y que nunca arrancó de raíz aquella planta mortal.

La amargura es una reacción profundamente dañina para cualquiera de nosotros. Envenena el corazón y la mente, y nos afecta tanto emocional como espiritualmente. En 1 Samuel 13:1-14 entramos en una escena de batalla donde, en realidad, se libraban dos combates:

La amargura fue sembrada

Saúl no debía entrar en combate hasta que el profeta Samuel llegara y ofreciera holocaustos al SEÑOR. Pero, como sus hombres temían al enemigo y él temía perderlos, decidió actuar por su propia cuenta. El rey no comprendió la importancia de obedecer el orden establecido por Dios. El SEÑOR consideró aquello un acto insensato de rebeldía, cuyas consecuencias alcanzarían tanto a su reino como a sus descendientes.

La amargura comenzó a brotar

La Escritura no registra ningún arrepentimiento por parte de Saúl. Al contrario, lo vemos actuar con independencia al pasar revista a sus hombres. La semilla de la amargura ya había sido sembrada, y el primer brote apareció cuando Saúl comenzó a apoyarse en su propio criterio, en lugar de reconocer cuánto necesitaba la ayuda de Dios.

Más adelante, en 1 Samuel 15, Saúl volvió a enfrentarse a una guerra, esta vez contra los amalecitas. Una vez más fracasó al desobedecer a Dios y decidió perdonar la vida de Agag, rey de Amalec. Al leer este relato, parece evidente que el orgullo se apoderó de Saúl, llevándolo a una independencia y una desobediencia aún mayores. Como consecuencia, no solo perdería el reino, sino que, por haber rechazado la palabra del SEÑOR, también perdería la comunión y el consejo de un hombre piadoso como Samuel (véase 1 Samuel 15:10-11, 26). Las semillas de la amargura comenzaban a germinar en su vida.

La amargura creció

Al seguir la historia de Saúl, vemos cómo la amargura fue creciendo. Como las semillas ya habían sido sembradas por medio de su desobediencia, su independencia y su falta de arrepentimiento, Saúl ya no fue capaz de alegrarse con quienes se alegraban. Por ejemplo, cuando David derrotó a Goliat y el pueblo tributó a David más alabanzas que a Saúl, un nuevo brote de amargura surgió en su corazón.

El enojo de Saúl contra David fue aumentando y comenzó a dominar sus pensamientos. En su mente construyó una acusación contra David, convencido de que aquel siervo fiel pretendía apoderarse del reino. Así obra la amargura: nos hace pensar de manera torcida y desequilibrada. Llega a afectar tanto nuestros pensamientos que terminamos suponiendo siempre lo peor de la persona hacia la cual guardamos resentimiento.

Una vez que nuestros pensamientos han sido contaminados, aparece el temor. En el caso de Saúl, ese temor lo llevó a conspirar contra David e incluso a intentar quitarle la vida. Quizá nosotros nunca lleguemos a arrojar una lanza contra quien nos ha herido, como hizo Saúl; pero comenzamos a lanzar palabras hirientes, atacando su carácter delante de los demás.

La amargura siguió enredándose alrededor del corazón de Saúl hasta llevarlo a rechazar por completo a David. Si permitimos que la amargura crezca, llegaremos al mismo punto: no soportaremos siquiera estar cerca de la persona que se ha convertido en el objeto de nuestro resentimiento. Los sentimientos de Saúl contra David llegaron a ser tan intensos que temía su presencia y buscó continuamente la manera de eliminarlo de su vida.

Arrancar la amargura de raíz

Aunque quizá no lleguemos tan lejos como Saúl, la amargura puede ejercer sobre nosotros un dominio tan fuerte como el que ejerció sobre él. En Filipenses 4:6-9, el apóstol Pablo nos recuerda cómo obtener la victoria sobre ella:

“Por nada estén afanosos; antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer sus peticiones delante de Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo digno, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo honorable, si hay alguna virtud o algo que merece elogio, en esto mediten. Lo que también han aprendido y recibido y oído y visto en mí, esto practiquen, y el Dios de paz estará con ustedes.”

Esta es la clave para arrancar de raíz la amargura. No debemos permitir que este veneno se extienda, como ocurrió en la vida de Saúl. El Espíritu de Dios nos exhorta:

“No salga de la boca de ustedes ninguna palabra mala, sino solo la que sea buena para edificación, según la necesidad del momento, para que imparta gracia a los que escuchan. Y no entristezcan al Espíritu Santo de Dios, por el cual fueron sellados para el día de la redención. Sea quitada de ustedes toda amargura, enojo, ira, gritos, insultos, así como toda malicia. Sean más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándose unos a otros, así como también Dios los perdonó en Cristo.” (Efesios 4:29-32).

¡No permitas que el veneno de un corazón que no perdona se extienda y deje que la amargura eche raíces! Arráncala de raíz mediante el arrepentimiento y entrégasela a Dios. Cualquier otra actitud es actuar como Saúl, con independencia y desobediencia.

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