Preguntas realizadas a la revista The Bible Treasury y contestadas por William Kelly
[En este artículo, el término «conferencias expositivas» hace referencia a un ministerio ejercido por uno o varios hermanos, quienes exponen un tema en específico. Quien expone es el que suele realizar la invitación, prepara el tema y lo expone. Por ejemplo, William Kelly, quien responde estas preguntas, solía citar a una serie de conferencias anuales en las cuales conferenciaba sobre un tema en particular.]
Sin duda existía el libre ejercicio del don en la iglesia, como se expone en 1 Corintios 14, basado en el gran hecho y principio desarrollado en el capítulo 12; pero hay aún más luz en otros pasajes.
Consideremos especialmente Hechos 19, donde leemos acerca de Pablo: primero, en la sinagoga de Éfeso, “discutiendo” durante tres meses con denuedo y “persuadiéndoles acerca del reino de Dios” (v. 8); y luego, cuando surgió la oposición de algunos que hablaban mal del Camino y separó a los discípulos, continuó la misma obra de «discusión» o de «conferenciar», como solemos decir, diariamente en la escuela de Tirano (v. 9).
Esto era más que evangelizar; y ambas cosas son muy distintas de la acción en la iglesia, aunque pudieran llevarse a cabo en el mismo local de reuniones donde la iglesia se reúne como tal.
El principio, sin embargo, era la responsabilidad personal y específica de ejercer (o “negociar”) el don recibido del Señor, otorgado para el testimonio tanto «afuera» como «adentro». La Escritura es igualmente clara en dos cosas: por un lado, la libre acción del Espíritu en la iglesia; y, por otro, la responsabilidad individual de un maestro o predicador.
El peligro consiste en confundir ambas cosas, debilitándolas y falseándolas. Debemos, delante del Señor, valorar ambas y dejar lugar para cada una. En Hechos 15 leemos que Pablo rehusó llevar consigo a Marcos y escogió a Silas para el testimonio unido. ¿No tienen estas cosas aplicación para nosotros en la actualidad?
Al parecer, la pregunta no pone en duda la conveniencia de una conferencia; pero ello depende, claramente, de que Dios provea el don necesario y de que su ejercicio se adapte a las circunstancias, de las cuales el siervo mismo es responsable.
La expresión «dentro del ministerio de una asamblea» parece ambigua, por no decir confusa, porque tal ejercicio del don debe ser individual, aunque resulte provechoso para quienes componen la iglesia y también otros puedan beneficiarse de él. No obstante, no tiene que ver con la iglesia o asamblea como tal; y la expresión «el ministerio de la asamblea» no la entiendo, pues una asamblea puede ser enseñada, consolada o edificada, pero no puede ejercer ministerio, propiamente dicho.
Sin embargo, si hay uno o más que puedan exponer con acierto el inmenso campo de la verdad de Dios para el bien de los santos, y que residan permanentemente en un lugar, no veo por qué deberían dejar de hacerlo. Todo lo que es por gracia y está fuera de esclavitud tiene aquí tanto lugar como en cualquier otra parte.
Además, es bueno, tanto para quienes hablan como para quienes escuchan, no limitarse a un solo ministerio; porque todas las cosas son nuestras, y la mejor enseñanza no lo es todo. Por lo general, se aprecia mucho más después de recibir una variedad de otros alimentos espirituales.
Cuando los cristianos se reúnen como asamblea (en ecclesia, es decir, iglesia), existe plena libertad para aquella acción que el Espíritu pueda dirigir en la oración y el canto, la bendición y la acción de gracias, la lectura y la palabra (por supuesto, sujeta a las disposiciones del Señor en 1 Corintios 14).
Este no es, en absoluto, el carácter de una reunión de estudio bíblico, ya sea periódica u ocasional, celebrada en un salón público o en una casa particular. Una de sus ventajas consiste precisamente en ofrecer la oportunidad de hacer preguntas y recibir explicaciones, algo que estaría fuera de lugar en una reunión de asamblea.
La naturaleza de una reunión depende, no del hecho de quiénes estén presentes, sino de su propósito y carácter. Así, una conferencia expositiva o una predicación del evangelio, como también una reunión de estudio bíblico, pueden contar con la presencia de los creyentes de una determinada localidad; sin embargo, su propio carácter permanece completamente inalterado por esa circunstancia.
No obstante, creo que es deseable que una reunión de estudio bíblico tenga un carácter social, para que resulte conveniente, además de lícito, que una mujer pueda hacer una pregunta si así lo desea. Hay casos en los que, aunque haya muchos hombres presentes, su propia naturaleza la llevaría a preferir el silencio.
1 Timoteo 2:11 no prohíbe esto, sino la enseñanza y el ejercicio de autoridad. Profetizar (según 1 Corintios 11:5, comparado con 1 Corintios 14) era lícito para las mujeres, no en las reuniones de iglesia, sino en el ámbito privado; así, supongo, las cuatro hijas de Felipe ejercían su don de manera discreta y decorosa (véase Hechos 21:9). Del mismo modo, Priscila, junto con su esposo, ayudó a Apolos en privado (véase Hechos 18:26).