Compartir el evangelio — ¿Una necesidad?
Evangelismo

Compartir el evangelio — ¿Una necesidad?

A Alex Schneider · 3 de Junio de 2026 · 4 min
Letra:

Porque si predico el evangelio, no tengo nada de qué gloriarme, pues estoy bajo el deber de hacerlo. Pues ¡ay de mí si no predico el evangelio!” (1 Corintios 9:16)

El impulso interior de Pablo cuando pensaba en los incrédulos era imposible de ignorar. No podía dejar de testificarles. No podía sentarse junto a alguien en sus viajes sin hablarle de su salvación.Él lo llama una “necesidad”—como la necesidad de comer o de respirar.

Cierto predicador solía preguntar retóricamente: «¿Podría un marinero permanecer sentado cuando oye el grito: ‘¡Hombre al agua!’? ¿Podría un médico quedarse cómodamente en su silla y dejar morir a sus pacientes? ¿Podría un bombero ser perezoso y no ayudar cuando hay personas ardiendo en llamas? ¿Puedes tú permanecer tranquilo y cómodo mientras el mundo que te rodea perece?». No, un marinero, un médico y un bombero no podrían quedarse de brazos cruzados en tales situaciones. ¿Y nosotros?

Realmente no podemos permanecer pasivos mientras las personas a nuestro alrededor se encaminan al infierno. ¿O sí podemos? Podemos perder muchas oportunidades que el Señor pone delante de nosotros: cuando podríamos testificar a alguien en la oficina, en el tren, en el avión, en la escuela o en la universidad. ¿Nos mueve esto el corazón, como le sucedía a Pablo? ¿O nos hemos acostumbrado tanto que ni siquiera notamos la omisión?

Jeremías nos habla de sí mismo: “Porque cada vez que hablo, grito; proclamo: ¡Violencia, destrucción! Pues la palabra del SEÑOR ha venido a ser para mí oprobio y escarnio cada día. Pero si digo: No lo recordaré ni hablaré más en su nombre, esto se convierte dentro de mí como fuego ardiente encerrado en mis huesos. Hago esfuerzos por contenerlo, y no puedo” (Jer. 20:8, 9). El profeta desanimado no pudo ejecutar su plan de dejar de hablar de Dios. El fuego dentro de él ardía demasiado fuerte, y siguió predicando. ¿Conoces este fuego al pensar en los perdidos a tu alrededor? ¿Qué tan necesaria consideras la predicación del evangelio para que nadie entre a la eternidad sin Cristo? ¿O eres un marinero, un médico o un bombero que permanece de brazos cruzados?

¿Te resulta tan imposible guardar silencio como a Pedro y Juan, quienes no podían dejar de testificar? “Porque nosotros no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído” (Hch. 4:20). Un hermano misionero muy activo en Sudamérica, a quien su hermana inconversa le pidió que dejara de hablar tanto de Cristo en el pueblo, me dijo: «Aunque mi hermana me odie o me rechace, debo predicar a Cristo. ¡Simplemente tengo que seguir adelante!».

Los perdidos delante de nuestros ojos

Cuando queremos trabajar con los perdidos, es importante tenerlos siempre presentes. Así ocurría con Pablo, quien escribió en 2 Timoteo 2:10: “Por tanto, todo lo soporto por amor a los escogidos, para que también ellos obtengan la salvación que está en Cristo Jesús, y con ella gloria eterna“. ¿Eran ya convertidos? ¡No en aquel momento! Pero mientras estaba en prisión, tenía ante los ojos a aquellos por quienes estaba allí: los incrédulos que aún llegarían a la fe mediante sus esfuerzos. El Señor lo había animado de manera similar tiempo antes: “Porque yo estoy contigo, y nadie te atacará para hacerte daño, porque oytengo mucha gente en esta ciudad” (Hch. 18:10). Tener ante sus ojos a ese gran número de personas—los perdidos que serían salvos—animó a Pablo a evangelizar fielmente.

Esta necesidad es una urgencia interior. Quien evangeliza tiene un impulso interno. Es un fuego en su corazón que no se apaga.No puede evitarlo. Tiene que predicar. Clama: “¡Ay de mí si no predico el evangelio!” (1 Co. 9:16). Cuando se le dice que cierre la boca, responde: “¡No puedo evitarlo!”. Vive siendo consciente de que ha sido enviado a predicar el evangelio.Donde este fuego interior no existe, el evangelio se anuncia solo a medias. O no se anuncia en absoluto.

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