Muchas personas —en distintos ámbitos y etapas de la vida— atraviesan ansiedad, depresión, cambios profundos de ánimo y, en ocasiones, pensamientos suicidas. Aun así, podemos cobrar ánimo al recordar que en el Señor Jesucristo hay ayuda, esperanza y restauración. En todo tiempo podemos confiar en él.
La Escritura nos exhorta: “Confía en el SEÑOR con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propio entendimiento. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus sendas” (Proverbios 3:5–6). Jeremías, conocido como «el profeta llorón» debido a las pruebas que enfrentó, oró: “¡Ah, Señor DIOS! Ciertamente, tú hiciste los cielos y la tierra con tu gran poder y con tu brazo extendido. Nada es imposible para ti” (Jeremías 32:17). Y mientras Jeremías estaba “detenido en el patio de la guardia”, el SEÑOR le dijo: “Clama a mí, y yo te responderé y te revelaré cosas grandes e inaccesibles, que tú no conoces” (Jeremías 33:3).
Por la gracia de Dios, consideremos brevemente al Señor Jesucristo —lleno de cuidado y compasión—, quien dio ayuda, sanidad y esperanza a un hombre que padecía graves trastornos emocionales y mentales, tal como se relata en Marcos 5:1–20. Aquel hombre estaba:
El Señor Jesús amó a aquel hombre y tuvo compasión de él. Fue hasta donde se encontraba, venció las fuerzas satánicas por la autoridad de su palabra y transformó su vida. Luego, los demás lo vieron “sentado, vestido y en su cabal juicio” (v. 15). ¡Qué cambio tan maravilloso ocurre cuando el Señor Jesús entra en una vida! “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, ahora han sido hechas nuevas” (2 Corintios 5:17).
Aquel hombre estuvo dispuesto a obedecer las palabras del Señor: “Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho por ti, y cómo tuvo misericordia de ti” (Marcos 5:19). “Y él se fue, y empezó a proclamar en Decápolis cuán grandes cosas Jesús había hecho por él; y todos se quedaban maravillados” (v. 20).
El Señor Jesús sigue siendo poderoso para transformar vidas hoy en día. Hechos 16:25–34 nos muestra que él puede salvar incluso a quien está a punto de quitarse la vida. Pablo y Silas habían sido azotados y arrojados a la cárcel; sin embargo, en medio del dolor, oraban y cantaban himnos a Dios mientras los demás presos los escuchaban.
Nuestro Dios es grande en misericordia, amor y poder. Permitió que un terremoto abriera las puertas de la cárcel y soltara las cadenas, y al mismo tiempo impidió que los presos escaparan. El carcelero, aterrorizado al pensar que habían huido y que le esperaban vergüenza e incluso la muerte, se desesperó ante el futuro y estuvo a punto de suicidarse: “Al despertar el carcelero y ver abiertas todas las puertas de la cárcel, sacó su espada y se iba a matar, creyendo que los prisioneros se habían escapado” (v. 27).
Pablo le gritó y le impidió llevar a cabo su propósito (vv. 28–29). Entonces el carcelero expresó una pregunta que muchas personas se hacen hoy: «Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?» (v. 30). Los siervos de Dios le hablaron de la fe en Jesucristo: “Cree en el Señor Jesús, y serás salvo, tú y toda tu casa. Y le hablaron la palabra del Señor a él y a todos los que estaban en su casa (vv. 31–32). Aquel hombre y su familia creyeron; “enseguida fue bautizado con todos los suyos […] y se regocijó grandemente por haber creído en Dios con todos los suyos” (vv. 33–34).
La salvación no es una meta que debamos alcanzar, sino un don que cada persona puede recibir. El Señor Jesús continúa rescatando a quienes perecen y cuidando a quienes están al borde de la muerte. Ninguna persona es demasiado difícil para que el Señor la transforme. Ningún lugar está demasiado lejos para que su amor y su gracia alcancen; ningún problema es tan grande que él no pueda resolverlo. ¡Entrégale hoy mismo tu vida y tu situación!
Como creyentes, no estamos exentos de atravesar dificultades semejantes. Sin embargo, no estamos solos: nuestro Señor, el Vencedor, está con nosotros y es poderoso para convertir nuestras pruebas en triunfos. “Estas cosas les he hablado para que en mí tengan paz. En el mundo tienen tribulación; pero confíen, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33). “Pero a Dios gracias, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Corintios 15:57).
Es bueno reconocer los desafíos de la salud emocional y, cuando sea necesario, someternos a una evaluación médica completa y buscar orientación cristiana. Debemos mantener la mirada puesta en el Señor Jesucristo y en su poder, más que en el problema. Es importante apartar tiempo para estar en su presencia, descargar delante de él nuestras preocupaciones por medio de la oración, recibir su paz y renovar nuestra manera de pensar.
“Echa sobre el SEÑOR tu carga, y él te sustentará; él nunca permitirá que el justo sea sacudido” (Salmo 55:22).
«Dios […] da gracia a los humildes. Humíllense, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él los exalte a su debido tiempo, echando toda su ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de ustedes” (1 Pedro 5:5–7).
“Por nada estén afanosos; antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer sus peticiones delante de Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo digno, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo honorable, si hay alguna virtud o algo que merece elogio, en esto mediten” (Filipenses 4:6–8).
Nuestro Dios es el Dios de la esperanza, y él es poderoso para librarnos. Confiemos en él y no tengamos temor.
“No temas, porque yo estoy contigo; no te desalientes, porque yo soy tu Dios. Te fortaleceré, ciertamente te ayudaré, sí, te sostendré con la diestra de mi justicia” (Isaías 41:10).
“Porque ninguna cosa será imposible para Dios” (Lucas 1:37).
“Y el Dios de la esperanza los llene de todo gozo y paz en el creer, para que abunden en esperanza por el poder del Espíritu Santo” (Romanos 15:13).
Fuente autorizada: Grace & Truth Magazine