“Cuando Jesús pasó otra vez en la barca al otro lado, se reunió una gran multitud alrededor de Él; así que se quedó junto al mar. Y vino uno de los oficiales de la sinagoga, llamado Jairo; y al ver a Jesús, se postró a Sus pies y le rogaba con insistencia: «Mi hijita está al borde de la muerte; te ruego que vengas y pongas las manos sobre ella, para que sane y viva». Jesús fue con él, y una gran multitud lo seguía y lo oprimía”. (Marcos 5:22–24)
“Mientras Él estaba todavía hablando, vinieron unos enviados de la casa del oficial de la sinagoga, diciendo: «Tu hija ha muerto, ¿para qué molestas aún al Maestro?». Pero Jesús, oyendo lo que se hablaba, dijo al oficial de la sinagoga: «No temas, cree solamente». Y no permitió que nadie fuera con Él sino solo Pedro, Jacobo y Juan, hermano de Jacobo. Fueron a la casa del oficial de la sinagoga, y Jesús vio el alboroto, y a los que lloraban y se lamentaban mucho. Cuando entró les dijo: «¿Por qué hacen alboroto y lloran? La niña no ha muerto, sino que está dormida». Y se burlaban de Él. Pero echando fuera a todos, Jesús tomó consigo al padre y a la madre de la niña, y a los que estaban con Él, y entró donde estaba la niña. Tomando a la niña por la mano, le dijo: «Talita cum», que traducido significa: «Niña, a ti te digo, ¡levántate!». Al instante la niña se levantó y comenzó a caminar, pues tenía doce años. Y al momento todos se quedaron completamente atónitos. Entonces les dio órdenes estrictas de que nadie se enterara de esto; y dijo que le dieran de comer a la niña” (Marcos 5:35-42)
En este artículo me gustaría extraer algunas lecciones morales a partir de la historia de la hija de Jairo, específicamente en relación con la crianza de los hijos y/o el trato con los niños y jovencitos en la iglesia local. Espero que estas lecciones sean útiles tanto para padres, abuelos, maestros y todos aquellos que desean influir positivamente en las nuevas generaciones.
Jairo fue a buscar al Señor donde Él estaba, se postró a sus pies y le rogó que fuera a ver a su hijita. Como padres, tutores o maestros de niños, necesitamos nosotros mismos, en primer lugar, ir al Señor Jesús y postrarnos a sus pies. Esta actitud demuestra dependencia y sujeción a Aquel que es nuestro Señor y Maestro. ¿Oramos por nuestros hijos, insistentemente y de manera constante? ¿Nos esforzamos intensamente a favor de ellos en nuestras oraciones (véase Colosenses 4:12)?
Debemos ir al Señor donde él está, bajo sus términos y no los nuestros. Esto implica, entre otras cosas, confesar nuestros pecados (véase Salmo 66:18) y estar sentados junto a las corrientes de agua de su Palabra (véase Salmo 1:2–3; Jeremías 17:7–8).
Cuando el Señor llegó a la casa de Jairo, permitió entrar solamente a los padres y a tres discípulos. El ambiente era íntimo y familiar. Esto nos recuerda que la crianza ocurre principalmente en el hogar.
Los padres no pueden delegar completamente esta responsabilidad a la escuela dominical, a los maestros bíblicos o a las reuniones de la iglesia. Estas ayudas son valiosas, pero nunca reemplazan la influencia diaria del hogar. Los niños necesitan ver a Cristo reflejado en la vida cotidiana de quienes los rodean.
Una buena práctica es tener un momento conjunto para leer las Escrituras, cantar y orar juntos.
“Las enseñarás diligentemente a tus hijos, y hablarás de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes”. (Deuteronomio 6:7)
El Señor no esperó que la niña viniera a él —ciertamente no podía—, sino que él fue hasta donde ella estaba.
Muchas veces esperamos que los niños se interesen por las cosas espirituales según nuestros términos y horarios. Una vez un niño le dijo a su padre: «¡No quiero ir a la reunión!». «¿Por qué?», preguntó su padre. «¡Porque es aburrido!», fue la respuesta. Quizás esto se repite muchas veces y, en lugar de culpar al niño por su insolencia, deberíamos entender lo que necesita, yendo a donde está. Sin embargo, el ejemplo del Señor nos enseña a acercarnos a ellos en su propio mundo, comprendiendo sus luchas, preguntas y necesidades.
Alcanzar el corazón de un niño requiere iniciativa: los adultos debemos dar el primer paso.
Colectivamente hablando, esto se puede realizar mediante escuelas bíblicas, campamentos cristianos para niños y jóvenes, etc.
Antes de hablarle a la niña, el Señor la tomó de la mano. Este detalle es profundamente significativo. El Señor pudo haber pronunciado una palabra a distancia, como hizo en otras ocasiones. Sin embargo, aquí vemos una expresión especial de ternura.
Los niños necesitan doctrina, pero también necesitan afecto. Necesitan sentir que son amados, escuchados y valorados. El contacto humano, la atención personal y la cercanía emocional preparan el terreno para que la verdad de Dios llegue al corazón.
Salomón le dice a su hijo: “Dame, hijo mío, tu corazón”. (Proverbios 23:26) Debemos ganar el corazón de nuestros hijos para nosotros. ¿Quién tiene el corazón de nuestros hijos? Lamentablemente, muchas veces lo tienen las amistades, los videojuegos, YouTube, etc.
El ejemplo del Señor nos anima a acercarnos a ellos con la ternura adecuada a su edad.
El Señor se dirigió a la niña con una expresión sencilla y afectuosa: “Talita cum”, una forma tierna de decir: «Niñita, a ti te digo, levántate».
¿Por qué el Espíritu Santo dejó estas palabras en arameo? Si bien el Nuevo Testamento fue escrito en griego, el idioma que se hablaba en aquella época en Judea era el arameo. Marcos, el evangelista, deja esta expresión sin traducir: “Talita cum”. Las explicaciones pueden ser variadas, pero para el objetivo de esta meditación podemos pensar que se busca enfatizar que el Señor le habló de una forma que la niña pudiera entender.
Esto nos enseña que no basta con comunicar verdades correctas: debemos hacerlo de manera comprensible. “Y leyeron en el libro de la ley de Dios, interpretándolo y dándole el sentido para que entendieran la lectura” (Nehemías 8:8).
A veces los adultos utilizamos conceptos complejos, un lenguaje demasiado técnico o explicaciones abstractas. Los niños necesitan que la verdad sea presentada en palabras simples, concretas y cercanas a su realidad. Hablar a los niños requiere esfuerzo, preparación, y sensibilidad.
Había una multitud alrededor, fuera de la habitación. Sin embargo, el Señor no habló a la multitud: habló directamente a la niña. Cada niño es único; tiene una personalidad distinta, preguntas distintas y necesidades distintas. No debemos ver a los niños como un grupo uniforme. El Señor conoce a cada uno por nombre, y nosotros también debemos aprender a tratar a cada uno de manera individual.
A Jairo le dijeron: “Tu hija ha muerto; ¿para qué molestas aún al Maestro?”. Sin embargo, el Señor respondió: “No temas; cree solamente”.
Muchos padres pueden sentirse desanimados al ver que sus hijos crecen sin mostrar interés por el evangelio. Sin embargo, nunca debemos abandonar la oración ni perder la esperanza en las promesas del Señor, pues él sigue teniendo poder para obrar donde humanamente parece que ya no hay solución.
Después de resucitar a la niña, el Señor dio una instrucción sorprendentemente práctica: «Denle de comer».
La nueva vida necesita alimento para crecer. Del mismo modo, los niños necesitan ser alimentados espiritualmente —con una enseñanza adecuada para su edad, conversaciones personales, respuestas a sus preguntas y acompañamiento constante—. No basta con evangelizar a los niños; también debemos ayudarlos a crecer.
Muchas veces los adultos damos por sentado cosas que los niños y jóvenes no entienden: «Pero si eso lo estudiamos en la reunión de estudio hace un año». Sin embargo, los niños necesitan alimento adecuado y en su propio ambiente.
Por eso son valiosas iniciativas como:
La alimentación espiritual debe ser adecuada a la etapa de desarrollo de cada persona.
Por otro lado, debemos armarlos con herramientas para enfrentar el mundo moderno, respondiendo a las preguntas más esenciales de la fe: ¿Qué es el evangelio? ¿Creación o evolución? ¿Por qué existe la maldad en el mundo? etc. Cuando los niños se convierten en jóvenes, tendrán que enfrentar estas preguntas; debemos darles herramientas para responderlas, para que su fe no vacile.
En otro contexto, pero aplicable: “Entonces ya no seremos niños, sacudidos por las olas y llevados de aquí para allá por todo viento de doctrina, por la astucia de los hombres, por las artimañas engañosas del error” (Efesios 4:14).
La manera en que el Señor trató a la hija de Jairo revela una combinación perfecta de poder y ternura. Él tenía autoridad para vencer la muerte con solo una palabra, pero escogió manifestar esa autoridad mediante palabras suaves, una mano extendida y una atención personal. Él, quien dijo “Sea la luz” y fue la luz, se humilló para extender la mano a una niña tendida sobre su cama. ¿Qué hay de nosotros, que solo somos criaturas, pecadores salvos por gracia?
Tanto padres como maestros harían bien en recordar este equilibrio. La firmeza doctrinal es importante, pero también lo son la paciencia, la comprensión, la sensibilidad y el amor.
Cuando el Señor Jesús dijo: “La niña no ha muerto, sino que está dormida”, las personas comenzaron a burlarse de él. Una crianza cristiana y piadosa puede atraer burlas y comentarios indeseados de quienes nos rodean —incluso de otras familias cristianas—. Sin embargo, el Señor sabe cómo “rescatar de tentación a los piadosos” (2 Pedro 2:9) y nos dará fuerzas para seguir adelante con determinación, criando y enseñando a nuestros hijos conforme a las Escrituras.
La casa de Jairo nos muestra que el Señor no veía a los niños como una distracción ni como una preocupación secundaria. Los trataba con atención individual, ternura y profundo interés.
La enseñanza es clara: si queremos influir espiritualmente en las nuevas generaciones, debemos acercarnos a ellas como Él lo hizo: con intimidad, afecto, un lenguaje comprensible, paciencia y una constante dependencia del Señor.
Los niños necesitan más que actividades: necesitan personas que los tomen de la mano y los conduzcan hacia Cristo.
“Dejen a los niños , y no les impidan que vengan a mí, porque de los que son como estos es el reino de los cielos” (Mateo 19:14)
“Instruye al niño en el camino que debe andar, Y aun cuando sea viejo no se apartará de él” (Proverbios 22:6)